El ocaso de la monarquía I

http://elpresentedelpasado.com/2013/04/19/el-ocaso-de-la-monarquia-1-de-2/

EL OCASO DE LA MONARQUÍA(I)

Marisa Hernández Ríos *

El domingo 14 de abril se celebró un aniversario más de la segunda república española. ¡Cuánto se ha escrito y queda por escribir como homenaje a una de las grandes conquistas —que pudieron serlo— en cuanto a derechos políticos, sociales, históricos y culturales de los españoles! Aunque sea de una manera discreta, por su escueta difusión en los medios, al menos algo llega, sobre todo a esas nuevas generaciones que, sin memoria, están tremendamente necesitadas de conocimientos históricos de un pasado muy reciente. A muchos nos entristece que la república ni siquiera pudiese llegar a la mayoría de edad, ya que desde su propio nacimiento se hizo demasiado por impedir su crecimiento positivo. ¡Y con tanto que tenía que aportar!

    Tanta mente y alma han puesto muchos españoles llenos de esperanzas en los 82 años de esta fecha, que permite que la desmemoria no se instale totalmente sobre un momento de la historia de España que pudo marcar un futuro muy distinto al que hoy vivimos. ¿Mejor, peor? No sabemos ciertamente, pero podríamos intuir qué derroteros se habrían seguido, podríamos especular sobre la diferencia respecto de acontecimientos graves que se vivieron en la historia pasada y, por supuesto, valorar lo que podría haber ocurrido en la historia presente.

    Día festivo este 14 de abril, al caer en domingo permitió poner de manifiesto a esa sociedad española que a duras penas podía, en los inicios de la transición democrática, después de una dictadura represiva nacional-católica, aceptar una monarquía que en este caso no fue impuesta “por la gracia de Dios” sino “por la gracia de Franco” —quien vislumbró la continuidad de su régimen en la monarquía que instauraba nuevamente a los borbones en el poder.

    Acontecimientos como el frustrado golpe militar del 23 de febrero de 1981, que pudo suponer una vuelta atrás del sistema democrático y la anulación de los muchos derechos presentes en la recién nacida constitución española —norma suprema del ordenamiento jurídico de España y máxima que rige a los poderes públicos y a los españoles desde su entrada en vigor el 29 de diciembre de 1978—, pusieron al rey Juan Carlos en una posición totalmente privilegiada ante un pueblo expectante, lleno de temor, que atendía en la televisión pública (totalmente controlada) a los movimientos de los principales actores de la intentona golpista, y que entendió sin más preguntas ni más sospechas que el rey se constituía a partir de este momento como el nuevo salvador del estado de derecho. Buena estrategia en un posible juego a dos cartas y con un apoyo de la mayoría de las fuerzas políticas, institucionales y económicas del país.

    Muchas de sus acciones durante décadas siguientes de la democracia le granjearon un respeto mayoritario de una sociedad que iba definiéndose poco a poco no como monárquica sino como “juancarlista” —claro que sin transparencia en la información sobre muchas de las realidades de su majestad, y que se articuló desde sus inicios y sus momentos previos, aún en el periodo franquista, en pro de la puesta de largo de la monarquía en el proceso de transición democrática desde diversos ámbitos de poder (del político al religioso pasando por los relacionados con los medios).

    Hoy, ya cumplida esa entrada en la tercera edad por parte de esa república abortada por los golpistas de 1936, nuevos aires comienzan a sentirse en esa España de tradiciones políticas impuestas, pues muchos de los españoles, necesitados de opinar, de ser escuchados, se han manifestado en numerosas ciudades y pueblos del país, al tiempo que muchos de ellos han sido protagonistas de los más de cien actos convocados para conmemorar esa esperanza frustrada que pudo cambiar la historia de España y que siempre nos quedará en la memoria de muchos desde dentro y desde fuera del país, para reivindicar algo que pudo ser y no ha llegado a ser, ni antes ni ahora.

Presentación del libro “Ropa vieja”, de Ramiro Ruiz Durá.

El próximo miércoles 24 de abril, a las 19:00 hrs. presentaremos Ropa vieja, el espléndido poemario del Dr. Ramiro Ruiz Durá, quien estará acompañado por:

  • Mariángeles Comesaña, poeta y editora.

  • Danton Chelén, director de la revista La Pluma del Ganso.

  • Ramiro Ruiz Ruiz-Funes.

  • Acompañamiento musical a cargo de: Rodrigo Navarro.

  • Modera: Carmen Tagüeña, Presidenta del Ateneo Español de México.

    Los esperamos, como siempre, en Hamburgo 6, esquina Berlín. Col. Juárez. México, D.F.

Coloquio Revaloración del patrimonio construido.

La Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y el Ateneo Español de México (AEM) invitan al coloquio Revaloración del patrimonio construido, que tendrá lugar el próximo martes 16 de abril a las siete de la noche. Los esperamos, como siempre, en Hamburgo 6 esquina Berlín.

Participan:

– Antonio Rubio (Universidad San Pablo CEU, Madrid) con la ponencia: Restauración de la casona de Hamburgo 6 para sede de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y el Ateneo Español de México.

– Luis Coll (Facultad de Arquitectura de la UNAM ) y Gerardo Ortega (Universidad Iberoamericana) disertarán sobre la Ampliación del Ateneo Español de México: la Sala Gilberto Bosques.

 – Dolores Martínez Orralde (Directora de Arquitectura del INBA) y Juan Ignacio del Cueto (Facultad de Arquitectura, UNAM) se referirán a La defensa del mercado de Arriaga, Chiapas.

Modera: Carmen Tagüeña Parga, Presidenta del Ateneo Español de México.

 
 
 

Celebra con nosotros el 14 de abril: Segunda feria del Libro Federico García Lorca

 

SEGUNDA FERIA DEL LIBRO FEDERICO GARCÍA LORCA

.Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros? 

Federico García Lorca.

 

Celebremos el LXXXII aniversario de la

instauración de la Segunda República española  

asiste a la

Segunda Feria del Libro Federico García Lorca 

 14 de abril a partir de las 11:00 hrs.

•  Visita la exposición El poeta Pedro Salinas. Entre España y América 1891-1951

•  Asiste a la proyección del documental Un barco cargado de.. (Mónica Jato)

•  Disfruta de las interpretaciones musicales de Ensemble Hueyapan

•  Adquiere libros y publicaciones especiales a precio de feria

•  Aplaude a la Banda de Gaitas Cd. de México de la Casa de Asturias y España en México

• Deléitate con exquista paella, platillos tipicos mexicanos y bebidas refrescantes

 

Hamburgo 6, esq. Berlín. Col. Juárez.

 Nos acompañan: la Asociación de Descendientes del Exilio Español,

la Casa de Asturias y España en México yla Unión Cultural Sinaia

    Instituto de Investigaciones Interculturales Germano-Mexicanas AC

                                                        

Juan José Serrano dona al AEM “La España de Franco”

La Asociación de Descendientes del Exilio Español y el Ateneo Español de México le invitan a la donación del cuadro de José Bardasano: La España de Franco.

Gracias a la generosidad de Juan José Serrano Gómez, quien es el donador de dicha obra, el acervo de nuestra institución se enriquece.

La ceremonia de donación tendrá lugar el próximo viernes a las siete de la noche en la Sala Maria Zambrano, de Hamburgo 6.

 

 

 

 

La monarquía española. El rey como argumento historiográfico. Dr. Luis Fernando Granados Salinas

LA MONARQUÍA ESPAÑOLA

EL rey como argumento historiográfico

por Luis Fernando Granados *

La imputación judicial de una de las hijas del rey de España en un caso de corrupción que hasta ahora había involucrado sólo a su nuero (al marido de esa hija, pues) es en sí mismo un hecho menor, casi trivial, pero es inmejorable como símbolo de la hondura de la crisis que no ha dejado de estremecer al estado y la sociedad españolas desde finales de la década pasada. Que se hable ya de la abdicación del jefe del estado como una verdadera posibilidad para remediar el descrédito de la monarquía, más aún, confirma que el conjunto de “escándalos” en que se han visto involucrados muchísimos miembros de la elite española en los últimos años —por no decir nada del radical desmantelamiento del estado de bienestar— tiene implicaciones más allá del presente y del futuro españoles; también supone un replanteamiento de su conciencia histórica.

El restablecimiento de la monarquía se mercadeó desde mediados de los años setenta —cuando comenzó la transición democrática— como el elemento clave para solucionar uno de los problemas políticos y sociales que más ha atormentado a los gobernantes españoles: la heterogeneidad, el antagonismo, de las muchas sociedades que habitan en los confines del estado español. Se quiso convencer a propios y extraños que sólo el rey podía ser garante de la unidad del estado y encarnación de la nación española y, sobre todo, que sólo el rey podía conjurar el peligro de la división española.

El argumento, naturalmente, contenía —contiene— una interpretación del pasado, en particular de la historia española reciente. Si bien es cierto que de algún modo sugería el carácter divisivo de la dictadura franquista, es claro que ante todo privaba de legitimidad al gran experimento político y social iniciado el 14 de abril, 1931; esto es, negaba a la república su condición de ámbito racional y dialógico donde pueden dirimirse las diferencias sin cuestionar la existencia misma del estado. Dicho de otro modo —y de manera análoga a lo que más tarde afirmaron las dictaduras latinoamericanas y sus ideólogos—, el argumento insinuaba que la república como sistema y como experiencia histórica era también responsable de la existencia de esas “dos Españas” del mito y por ello de la guerra civil.

La puerta del Sol, en Madrid, el 14 de abril, 1931
La puerta del Sol, en Madrid, el 14 de abril, 1931

Es imposible, por desgracia, dudar del éxito de la maniobra: en la hora de la transición, incluso el partido comunista se avino a esa interpretación del pasado, mientras que, en los últimos años, el partido “socialista” ha sido particularmente insistente en proclamar su deseo de conservar la monarquía. En términos generales, la sociedad española parece haberla internalizado por completo: ni siquiera la existencia de un partido republicano en Cataluña ha conseguido modificar el consenso monárquico que domina la vida pública peninsular (quizá porque el catalanismo de ERC ha terminado por sepultar su proyecto democratizador e incluyente).

Estigmatizar a la república de este modo era una manera sutil y perversa de distorsionar el pasado de España: si la república no representaba el orden constitucional existente sino era apenas uno de los proyectos que se disputaban el alma española durante los años treinta, entonces el alzamiento golpista del 18 de julio, 1936, así como la guerra misma, la connivencia con los poderes fascistas, y —en fin— la brutal y multitudinaria represión que siguió a la victoria, no eran más que “opciones” políticas, “proyectos” comparables e igualmente legítimos. Sus personeros, por tanto, no eran responsables sino de sostener sus creencias con denuedo y buena suerte.

Desde el punto de vista político, esta visión de la historia española consiguió resucitar a una institución y a una dinastía que a principios del siglo XX se encontraban ya en una profunda crisis. Desde una perspectiva historiográfica el efecto puede haber sido mayor, y aún más perjudicial, pues afirmó un principio epistemológico que hoy comparten lo mismo periodistas y científicos sociales: que la observación y la comprensión la realidad no deben suponer alguna actitud axiológica, que ser imparcial equivale a considerar todas las opciones y opiniones como iguales.

La Doctora Julia Tagüeña llega al Conacyt

 Llega Julia Tagüeña al Conacyt

Julia Tagüeña busca concretar una política que genere conocimiento básico propio, lo traduzca en aplicaciones y busque el apoyo de empresas.

    REFORMA/Redacción

Ciudad de México  (1 abril 2013).- Julia Tagüeña Parga asumió la Dirección Adjunta de Desarrollo Científico del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), luego de ser invitada por el director general de ese organismo, Enrique Cabrero Mendoza.

Tagüeña Parga sustituirá en el cargo a Leticia Torres Guerra y dijo a la Academia Mexicana de Ciencias, de la que es miembro, que sus acciones como titular de esta Dirección Adjunta, estarán orientadas a fortalecer las actividades de los científicos, tanto en las áreas básicas como aplicadas, para que todos alcancen relevancia internacional, así como propiciar que la innovación esté basada en ciencia.

“La Dirección Adjunta de Desarrollo Científico tiene una serie de programas, como el propio Sistema Nacional de Investigadores, a los que hay que darles continuidad y seguimiento. El primer paso es, junto con la comunidad académica, afinar los diagnósticos ya realizados”, agregó la investigadora.

Tagüeña es doctora en Física y estuvo encargada de la dirección del Instituto de Energías Renovables de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que el pasado 25 de enero adquirió el nivel de Instituto luego de ser el Centro de Investigación en Energía.

    “Me parece muy importante siempre reconocer los méritos y logros anteriores, para construir sobre ellos nuevos pasos. Me consta el entusiasmo y entrega de la directora anterior, la doctora Leticia Torres”, apuntó.

    La Dirección Adjunta se apoyará cada vez más en el trabajo colegiado de los científicos y sus procesos para la toma de decisiones serán cada vez más transparentes. También se buscará, apuntó, comunicar el conocimiento que se desarrolla en nuestro país para contribuir a la apropiación de la ciencia y la tecnología por la sociedad.

    Entre sus objetivos Tagüeña destacó aumentar la inversión en el sector de ciencia y tecnología bajo una normatividad adecuada y concretar una política pública eficaz.

“(Una política) que genere conocimiento básico propio, lo traduzca en aplicaciones y busque el apoyo de empresas. Se trata de crear una red que una a gobierno, academia, empresarios y sociedad. Quiero resaltar la importancia de la cultura científica, la que enriquece al ciudadano. La ciencia es un proceso social de aprendizaje a través de la experiencia y esto la hace diferente”, reportó la AMC.

Tagüeña Parga apuntó asimismo que los esfuerzos del Conacyt estarán enfocados en los programas anunciados por el gobierno federal: El Consejo, como lo ha comentado su director el doctor Enrique Cabrero, tomará como plataforma los compromisos relacionados con la ciencia y la tecnología contenidos en el Pacto por México y en la Agenda Nacional para la Ciencia y la Tecnología, firmada por las diversas instituciones y asociaciones participantes en el sector.

Un barco cargado de… Cecilia García de Guilarte

Estudiosa del Exilio Español, Mónica Jato publicó el libro titulado Un barco cargado de… Cecilia García de Guilarte. Posteriormente, confeccionó un extraordinario documental que circula ya en el ciberespacio.

Un barco cargado de…  ofrece un capítulo inolvidable del exilio republicano español y cuenta las aventuras y tragedias de un grupo de refugiados republicanos que, en junio de 1940, se embarcan rumbo a Santo Domingo.

Consulten la información completa en: http://www.youtube.com/watch?v=YSakPuOCnXU&feature=youtu.be

http://unbarcocargadode.wordpress.com/

Segunda Feria del Libro Federico García Lorca en el Ateneo Español de México

LXXXII ANIVERSARIO DE LA INSTAURACIÓN DE LA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLA.

El Ateneo Español de México conmemora el aniversario de la instauración de la Segunda República Española y, con ese motivo, organiza la Segunda Feria del Libro Federico García Lorca.

Participan casas editoriales de renombre.

Serviremos platillos típicos y brindaremos con bebidas refrescantes.

Los esperamos el próximo 14 de abril de 2013 a partir de las 11:00 de la mañana en Hamburgo 6. Esq. Berlín. Col. Juárez.

 

El poeta Pedro Salinas. Entre España y América, 1891-1951

El Ateneo Español de México extiende una cordial invitación a la mesa redonda y exposición El poeta Pedro Salinas. Entre España y América 1891-1951. Ambas actividades tendrán lugar el próximo 4 de abril a las 19:00 hrs. en Hamburgo 6, esquina Berlín, colonia Juárez.

Participan: James Valender, Alejandra Atala y José María Espinasa. Modera Carlos Marichal.

 

 

Testimonios y remembranzas. Mis recuerdos en los últimos meses de la guerra de España (1936-1939)

Como es de su conocimiento, la semana pasada se presentó en el Colegio de México el libro del ingeniero Fernando Rodríguez Miaja:Testimonios y remembranzas. Mis recuerdos en los últimos meses de la guerra de España (1936-1939)

    Compartimos con ustedes el texto que leyó la Dra. Lourdes Franco Bagnolus, Coordinadora  del Seminario de Edición Crítica de Textos del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigaciones (SNI). 

Presentación de Testimonios y remembranzas:

El primer párrafo del libro de Fernando Rodríguez Miaja no puede ser más claro y contundente: Una fecha, una fecha decisiva, la de la derrota del proyecto republicano en la España del siglo XX, y el principio de la leyenda, el comienzo de la esperanza por una patria libre y democrática: 29 de marzo de 1939, ¿la hora? Las 10 y 35 minutos de la mañana, momento que marcó la salida del territorio español del militar probo que entregó lo mejor de sí a la defensa, trinchera por trinchera, barrio por barrio, calle por calle de un Madrid heroico que supo aguantar el hambre, la muerte y el desgarramiento de las familias; ese Madrid destruido por los bombardeos, pero fortalecido por el espíritu. Con esa precisión, con esa contundencia quien fuera el secretario particular del general José Miaja Menant recuerda, evoca, y “desface entuertos” en este libro que no sólo pretende hacer precisiones, y enmendar errores; las páginas de Testimonios y remembranzas logra, gracias a la veracidad con la que está narrado, restituir a la figura del general Miaja la diafanidad a la que es sin duda merecedor y que en ocasiones la mala fe, y en otras simplemente la ignorancia y la abulia con la que los historiadores abordan su tarea ha vuelto confusa, e incluso, contradictoria.

A lo largo del libro hay ciertas fechas emblemáticas que, como la primera que hemos mencionado, tienen un valor capital en la secuencia trágica de la contienda que habría de echar por tierra los sueños de quienes en 1931 se dieron a la tarea de construir una España moderna y liberal. Una de esas fechas es el 7 de noviembre de 1936 que iniciaba —cito directamente del libro porque resulta imposible sin demérito una glosa—: “el día 7 de noviembre de 1936 se iniciaba la heroica defensa que el pueblo madrileño haría de su ciudad, ante el asombro del mundo, y que se prolongaría hasta fines de marzo de 1939, al concluir la guerra”. Otra fecha más resulta insoslayable: el 1 de abril de 1939 en la que se publica en Burgos el parte de conclusión de las hostilidades.

Entre estas tres fechas marcadas se encuentra ubicada la labor de rectificación emprendida de manera tan clara y contundente por Fernando Rodríguez Miaja; es de llamar la atención la claridad y precisión con la que el cabo de tantos años puede el autor narrar los hechos eligiendo siempre la palabra justa y el juicio coherente que da luz a la Historia, manteniendo siempre el discurso dentro de los parámetros precisos del investigador científico, objetivo y pulcro, sin matices partidistas ni banderas encontradas, acaso un cierto dejo de sarcasmo parece dotar al estilo de un matiz por demás sutil, que bien pudiera pasar desapercibido. Véase simplemente a manera de ejemplo el siguiente párrafo: “los crímenes en nuestra zona fueron cometidos por individuos sin ningún control, y sin que el gobierno contara con los elementos coercitivos para impedirlos. En la zona contraria, los crímenes fueron cometidos por la autoridad que se sublevó y por las personas ‘educadas’ y ‘gente bien’ que apoyaban la sublevación y se constituyeron en poder supremo y absoluto”.

Heroico resulta el ejercicio de narrar sin que la pasión en el lenguaje se desborde ante hechos tan terribles y tan cercanos al autor como la detención de la familia del general Miaja en el penal de Victoria Grande en Melilla.

Precisamente uno de los mayores méritos que posee el libro es su objetividad, su precisión, y ante todo, esa inalterabilidad que imprime su autor al discurso, lo que convierte Testimonios y remembranzas en un documento veraz y fidedigno, indispensable para justipreciar actuaciones, hechos y circunstancias que marcaron de manera indeleble las postrimerías de la Segunda República española. A pesar del título, que de entrada parecería constreñir su proyección al ámbito cerrado de las reminiscencias personales, este texto será pieza indispensable para cualquier investigador que pretenda acercarse con seriedad a este episodio trágico de la Historia moderna de España.

En los últimos tiempos varios pensadores de renombre se han dado a la tarea de desentrañar los meandros de la memoria y precisar las relaciones que ésta tiene con la historia. Entre los más importantes está Paul Ricoeur quien afirma: “si vuelve un recuerdo es que lo había perdido; pero sí, a pesar de todo, lo vuelvo a encontrar y lo reconozco, es que su imagen había sobrevivido” (La memoria, la historia y el olvido, 551). Difícilmente Fernando Rodríguez Miaja ha perdido alguno de sus recuerdos, acaso los había reservado en lo más hondo de su corazón y su conciencia en aras del trabajo diario y de las múltiples tareas que lo ocupan. Pero acuciado por la inaplazable necesidad de contar su verdad, la auténtica, la desapasionada verdad de los hechos irrecusables, ha vuelto a tomar la pluma en esta segunda edición de su libro y ha narrado, sin rencor y sin rabia para con los malintencionados, sin soberbia para con los ignorantes, cómo y de qué manera vivió él, al lado de su jefe, los momentos más dramáticos y decisivos del final de la Guerra Civil.

La memoria había sido considerada hasta hace poco tiempo una fuente poco confiable en la construcción de un estudio histórico serio. Se pensaba que la Historia —con mayúscula—debía formularse con datos duros, con documentos fidedignos, pero que los diarios y los recuentos personales no podían abonar a esta, material enteramente confiable. Hoy, las cosas han cambiado. Peter Burke en un artículo titulado: “La nueva historia, su pasado y su futuro” lo precisa: “[la memoria], —dice— rechazada en otro tiempo por trivial, está considerada ahora por algunos historiadores como la única historia auténtica, la historia con componente humano”  y de nuevo Paul Ricoeur abunda: “la memoria busca la fidelidad, mientras la historia persigue la verdad” pero yo agregaría: ¿cómo hallar la verdad si primero no se es fiel a los acontecimientos?”.

Precisamente las reflexiones siguientes a propósito del libro de Fernando Rodríguez Miaja van en este tenor: la fidelidad como condición sine qua non para construir la Historia con mayúsculas.

Fernando Rodríguez Miaja combina a la perfección historia y memoria: es decir, datos duros y memorística evocación. Su amplio conocimiento del Quijote le permite hallar la cita precisa para ejemplificar cuál ha sido su proceso mental interno al concebir este libro; Dice Cervantes: El poeta puede cantar o contar las cosas, no como fueron sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna”.

A pesar de este prurito que mantiene incólume la ecuanimidad del testimonio de Rodríguez Miaja a lo largo del libro, no podemos soslayar la existencia de una aporía, puesto que esa verdad histórica expresada con tal claridad y precisión, con tanta seguridad y contundencia ha pasado también por el tamiz de la memoria y de sus distintos procesos de recuperación. Puede decirse que este libro ha nacido a pesar de su autor que no cree en la importancia de la autobiografía más allá de su valor como documento literario. Y sin embargo, mucho de autobiográfico tiene el libro y en este factor estriba principalmente su gran valía; pues a pesar de los esfuerzos de Fernando por convencer acerca de la objetividad e imparcialidad con la que se han vertido las aclaraciones sobre los hechos sucedidos en aquellos terribles días de 1939, se escapan aquí y allá, especialmente a partir de “Anecdotario y otras cosas” los recuerdos personales, aquéllos en los que el sujeto y no el hecho, juegan el papel principal: ya tendrán ustedes oportunidad de leer el capítulo XLI, por ejemplo, que principia nada menos que con la imagen de un jovencito armado de un violín que marcha entusiasta a su clase de música por las calles de Oviedo —esa Vetusta milenaria de la novela de Clarín—.

Insiste Fernando una y otra vez en el carácter no literario —entiéndase, no ficcional de su libro— lo cual a mí me ha puesto en un predicamento epistemológico, pues precisamente las armas de que me valgo en mi especialidad, que es precisamente la literatura, esto es, el discurso ficcional y en ella la participación que la realidad histórica tiene, pero siempre entendida ésta como ancilar al discurso literario, tienen que ver con la ficción y no con la contundencia histórica de la narración inamovible de los hechos. Mi campo es precisamente el que Rodríguez Miaja rechaza sistemáticamente: el de lo posible frente a lo incontrovertible. Sin embargo creo que he podido hallar un punto de equilibrio que se centra en la figura del General José Miaja Menant.

Sé que me arriesgo a sufrir el desconcierto y decepción del autor de Testimonios y remembranzas quien esperaba que el conocimiento que he adquirido sobre la Guerra Civil Española a través de mi interés en dar a conocer a los alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras la novelística generada en torno a este hecho, abonara a favor de su obra.

Sin embargo, esté o no su autor de acuerdo conmigo, creo que uno de los grandes aciertos de este libro es su carácter ecléctico gracias al cual conviven armónicamente tanto la historia como la memoria, el discurso científico y la construcción autobiográfica pero, por encima de todos estos —que no son méritos menores— sobresale a lo largo de todo el libro una figura en construcción, un personaje histórico, sin duda alguna, pero también literario puesto que está construido a partir de un discurso autonómico con sus propios valores y características.

Mijail Bajtin instauró en el ámbito de la teoría literaria el término “Polifonía” para explicar todas las facetas y aristas que intervienen en la construcción de un personaje dentro de una obra de ficción; sin ser éste el caso, la metodología puede aplicarse sin desdoro de su verdad histórica.

Hay, en la figura siempre apasionante del general Miaja —apasionante digo precisamente porque en su riqueza se ha prestado a múltiples equívocos que provienen de la ignorancia o de la mala fe— varios aspectos a considerar: en primer lugar, el oficial, el de su actuación en los diferentes puestos que desempeñó a lo largo de la contienda. De acuerdo con los distintos pasajes que Fernando Rodríguez Miaja rescata en este sentido, la cualidad que más destaca es la de la valentía: la necesaria para salir a la calle sin protección, o bien para acercarse a las trincheras y enfrentarse a sus propios hombres pistola en mano, cuando su lugar estaba en el Cuartel de mando, sí, pero también valentía para asumir que primero estaba el deber impuesto por la República que la liberación de su propia familia, también no es desdeñable la valentía que esgrimió para enfrentar a los distintos actores del conflicto, tanto en el bando enemigo como en el propio,  o la que hubo de necesitar para ocultar su tragedia interior tras las páginas de una intrascendente novela policiaca en el vuelo que lo alejaría para siempre de la Patria, valentía, en fin, para vivir oscuramente en el exilio los últimos años de su vida.

La probidad es el segundo valor en juego. Los distintos documentos oficiales y juicios de gente involucrada directamente en la contienda que su sobrino y autor de Testimonios y remembranzas aporta no dejan lugar a dudas: el general Miaja fue diáfano como la luz, leal y honrado en cada episodio que le tocó vivir. Especialmente difícil fue el asunto del golpe del general Segismundo Casado hacia el final de la guerra en contra del gobierno de Negrín; pese al propio testimonio de Casado, el autor que hoy nos convoca logra probar fehacientemente que el General José Miaja nunca participó ni de la intriga, ni de la ejecución del golpe; posteriormente, sí, asumió el papel que las circunstancias ameritaban más como un deber para con la Patria que como un acto de complicidad o sujeción con el general golpista.

Pero más allá de la figura histórica, está el hombre de carne y hueso, aquel que, sumido en un sillón, con un telegrama en la mano donde un amigo le comunicaba el encarcelamiento de toda su familia en Melilla, sopesa y pondera en silencio por cuál ruta habrá de transitar y cuáles serían las medidas a adoptar. O aquel que pide una faja de lana que paliara un poco los cólicos que padecía, o también el que, despojado ya de toda investidura gubernamental, tenía que lavar cada noche la escasa ropa interior que poseía y con la que enfrentaba exiguamente los primeros días del exilio.

Un adjetivo “bonachón” aplicado a su jefe y tío expresado por uno de los más reconocidos historiadores extranjeros que se han ocupado de la Guerra Civil Española, Hugh Thomas, graduado en Cambridge y en la Sorbona de París, logra desquiciar a Rodríguez Miaja: ¿Cómo puede aplicarse tal calificativo —dice con razón— a un hombre que es capaz de enfrentarse a sus mismos hombres, pistola en mano para impedir la desbandada en los momentos más decisivos para la capital española? ¿Cómo se puede tildar de “bonachón” a un hombre que se niega a abandonar a la República a su suerte aun sacrificando, como Abraham, a su propia familia?

Si no dudoso, por lo menos débil sería un retrato del general en el que la única voz testimonial fuera la del propio autor de este libro dada la cercanía de parentesco y la afinidad que se estableció entre ellos desde que Rodríguez Miaja era un joven audaz y decidido. La paciente labor reconstructiva no queda sólo en las manos de su sobrino, en su ayuda acuden juicios perfectamente autorizados de ese pasado sangriento, convulso, esperpéntico y carnavalesco que marcó a España para siempre. La voz de José Asencio, Subsecretario de la Guerra durante el gobierno de Largo Caballero abona en pro de la construcción heroica que del General hace el autor de Testimonios y remembranzas: “Celebro —dice Asencio en carta al general Miaja— que el gobierno haya reconocido tus méritos (se refiere a la entrega de la Placa Laureada de Madrid, máxima distinción otorgada por la República) y las difíciles circunstancias que en tu actuación has encontrado”.

Fernando recurre también a la oración fúnebre leída ante la tumba del General por el coronel Vicente Guarner: “de llaneza brusca y sincera se hacía siempre querer y sobre todo respetar de sus subordinados […] ponía, a pesar de su benévola bondad su enérgico celo en el desempeño de sus misiones militares.”

La propia voz de Miaja Menant contribuye no poco a su favor a través de un discurso pronunciado en México en un aniversario de la defensa de Madrid; ese discurso rezuma prudencia, tacto, capacidad organizativa y serenidad.

Pero aún sin palabras se vierten juicios valorativos sobre el General; tal es el caso de los pilotos españoles refugiados en Orán quienes espontáneamente, al tener a la vista al defensor de Madrid, formaron valla en su honor cuando ya ningún protocolo era necesario.

Con todos estos elementos podemos aventurar una síntesis que recoja, a partir del ejercicio escritural, una figura reconstruida con base en los múltiples testimonios de aquel hombre mítico ya, que defendió Madrid con la convicción y la certeza de que ahí estaba cifrada la misión de su vida.

Después de leer Testimonios y remembranzas surge perfectamente delineada la figura del general José Miaja Menant, hombre decidido, leal, inteligente, honorable, eficaz, adusto, sencillo, responsable y capaz que supo adaptarse con inteligencia a las vicisitudes que la vida le planteó; conforme con su suerte, seguro de sí mismo, pudo lo mismo remontar las escalas de la heroicidad que sufrir los meandros de la derrota. Estratega aguzado, buen jefe, padre responsable, servidor leal, hombre de convicciones firmes y militar disciplinado pasará a la historia revitalizado por este testimonio de amor que encierran las páginas del libro de Fernando Rodríguez Miaja.

Lourdes Franco Bagnouls.

‘El dibujo infantil de la evacuación durante la Guerra Civil Española (1936-1939)’

 

Publicado por la Universidad de Málaga, en El dibujo infantil de la evacuación durante la Guerra Civil Española (1936-1939) el profesor de Psicología Evolutiva José Antonio Gallardo Cruz analiza dicho traslado a partir de 142 piezas realizadas por los hijos de los republicanos españoles, que permanecieron alojados en diversas colonias alejadas del frente de batalla para que se recuperaran física y psicológicamente del trauma de la contienda. Treinta y cinco de los dibujos pertenecen a la Biblioteca Nacional de España (BNE).

En la BNE se conservan 1.174 dibujos infantiles realizados durante la Guerra Civil por niños de entre seis y catorce años. Forman parte de la colección expuesta en Estados Unidos para recabar fondos destinados a la República de España y, en concreto, para el mantenimiento de los campamentos en los que se alojaban los niños. La Nacional adquirió este muestrario a un librero catalán en 1986.

Estos dibujos “tenían un fin terapéutico, enfocado a la superación de los traumas producidos por la guerra, y un fin propagandístico, para conseguir romper las políticas de no intervención de las democracias occidentales, que tanto influyeron en la derrota del Gobierno legítimo español de entonces”, según indica Rosa Regàs en la introducción del catálogo de la exposición A pesar de todo dibujan… La Guerra Civil vista por los niños, inaugurada el 29 de noviembre del 2006 en la BNE.

Sobre las huellas. Un proyecto de Javier Areán

En memoria del recorrido que miles de españoles realizaron al término de la Guerra Civil española desde Barcelona hasta la frontera francesa, Javier Arean nos invita a participar en un singular proyecto cuyos detalles los explica el propio Javier.  Vayan al enlace de abajo si desean mayor información.

http://www.fondeadora.mx/projects/sobre-las-huellas

SOBRE LAS HUELLAS

Un proyecto de Javier Areán

Mi proyecto inicia con la idea de hacer una caminata. Es un recorrido sobre el camino que llevó a miles de españoles al término de la Guerra Civil desde Barcelona hasta la frontera con Francia y el exilio. Una de estas personas fue mi abuelo. Cuando llegó a la frontera fue conducido a un campo de concentración en la playa de Argles-sur-mer. Las condiciones en el campo eran terribles. Afortunadamente, sobrevivió y tuvo la suerte de reunirse con su familia y tomar el último vapor con refugiados españoles a México. Allí murió, sin nunca más regresar a España.

La caminata consiste en hacer el recorrido de casi 200 kilómetros de regreso sobre sus huellas, documentando el trayecto en un diario escrito, fotografía y video. La caminata es un acto simbólico.  La idea de realizarla en sentido contrario tiene como fundamento conceptual la representación de un rito, una peregrinación. Es el regreso imaginario de un hombre a su tierra después del exilio. Es un signo de reivindicación de la memoria y de las personas que lucharon por la democracia. Ultimadamente, es un signo de la sorprendente capacidad humana de aferrarse a la vida y de encontrar formas de seguir adelante.

Para llevar a cabo el proyecto, he recibido una invitación de una reconocida institución de arte contemporáneo en Barcelona para para realizar una Residencia Artística. Las Residencias Artísticas son lugares diseñados para que los creadores podamos realizar proyectos en circunstancias geográficas específicas, facilitando los espacios y las herramientas necesarias para la creación. En esta residencia estaré trabajando durante un mes para crear un cuerpo de obra consistente en pinturas, dibujos, fotografías y videos,  basados en la experiencia de la caminata.  En una segunda fase del proyecto se plantea realizar una exposición con la obra realizada y una publicación con la colaboración de otros artistas, curadores y especialistas en diferentes disciplinas.

Al día de hoy contamos con el apoyo de la Fundación/ Colección Jumex, que cubre los gastos básicos para el viaje y la residencia, pero necesitamos fondos para poder adquirir equipo adecuado para la caminata, materiales de trabajo para la producción, fondos para realizar una campaña de difusión, así como otros gastos de implementación y seguimiento del proyecto.  Puedes conocer más sobre el proyecto y contribuir a que se haga realidad.

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La siega del olvido, libro del Dr. Pedro Piedras, se presentará en el Ateneo Español de México

El próximo 6 de marzo, a las 19:00 hrs. el doctor Pedro Piedras presentará su libro La siega del olvido (Memoria y presencia de la represión).

Acompañarán al autor: Oriol Malló, Efrén Lugo y Carmen Tagüeña.
¡Los esperamos!

Durante años, España ha vivido un encendido debate sobre la memoria de la represión franquista durante la Guerra Civil y la dictadura, que no ha servido sin embargo para aclarar lo que significa recordar un pasado traumático o por qué grandes sectores de la sociedad española niegan la pertinencia o el derecho a ese recuerdo. La Siega del Olvido es una obra que trata de hacer visibles los canales por los que personas de hoy se sienten completamente concernidas por el horror experimentado hace dos generaciones.

Explicitar ese sentimiento le obligará al autor a desplegar recuerdos y experiencias autobiográficas, muchas veces íntimas. Sólo así podrá percibirse de forma fehaciente la presencia del pasado traumático en el individuo. Indagar en la memoria de la represión implica, no obstante, separarla del concepto de “memoria histórica”. La innegable contribución de los historiadores al conocimiento de la represión franquista no les licita para sostener –como se ha hecho– que España les deba a ellos la pervivencia de ese recuerdo.

Así lo evidencian los testimonios legados por Ángel Piedras, un jornalero tío abuelo del autor, que fue una de las cientos de víctimas de la represión vivida en un pueblo de Castilla, Nava del Rey, al comienzo de la contienda. A su salida de la cárcel, en 1944, Ángel Piedras decidió crear una lista que reflejara los nombres de todas las víctimas de aquella monstruosidad. Con el tiempo, acompañará a la lista con cuadernos de memorias que describían una vida llena de horrores que desembocaría en la tragedia de 1936. De sus obras, no importarán tanto los datos que aporte –pese a su relevancia– como la posición radicalmente ética de un particular que se opone de forma abierta y sin esperanza al olvido que le rodea.

El Dr. Juan Alfonseca presentará su libro en el Ateneo Español de México

El Ateneo Español de México tiene el honor de invitarlos a la presentación del libro El incidente del trasatlántico Cuba (Una historia del exilio republicano español en la sociedad dominicana, 1938-1944).

Los esperamos el próximo 5 de marzo a las 19:00 en la Sala María Zambrano.
Hamburgo 6, esquina Berlín. Col Juárez.

Nos acompañan:

Dr. Fernando Pérez Memén, Excmo. Embajador de la República Dominicana en México.
Dr. José Francisco Mejía Flores, CIALC-UNAM /Cátedra del Exilio Español.
Dr. Juan Ignacio del Cueto Ruiz-Funes, FA-UNAM / Ateneo Español de México.
Dr. Juan Bernardo Alfonseca Giner de los Ríos, autor del libro.
Modera: Dr. Adalberto Santana, Director del CIALC-UNAM.

 

 

 

 

Zaida Rico en el Ateneo Español de México

 

El próximo miércoles 27 de febrero, a las 18:00 hrs. visitará el Ateneo Español de México, Zaida Rico  –codirectora y coescritora de Granos de uva en el paladar, pieza teatral que durante 2012, en distintos foros de Argentina, fue muy bien recibida por el público y la crítica; de hecho, recibió varios galardones.

A decir de Zaida Rico, la memoria es un asunto del presente no del pasado, de ahí que Granos de uva en el paladar sea una plataforma desde la que se habla sobre los últimos 80 años de la historia de España. Es una obra de teatro cuyo proceso creativo involucra a un grupo de actrices españolas.

La obra teatral es de una “belleza profunda”, semejante a “una mirada poética sobre el dolor que produce la injusticia de la guerra, y de la mutilación de los derechos tanto públicos como privados”, se anota en el blog de Granos de uva en el paladar, cuyo enlace a su blog es: http://granosdeuvaenelpaladar.blogspot.mx/

Al describir el proceso de creación de Granos de uva en el paladar, Zaida Rico pondrá sobre la mesa su  propia experiencia y estará atenta a la opinión y comentarios que nosotros expongamos. En suma, el principal interés de Zaida es preparar el terreno para traer la obra a México.

 

 

Celebración de la vida y obra de Tomás Segovia.

Apreciables socios y amigos:

El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, la Fundación para las Letras Mexicanas y Ediciones sin nombre nos invitan a la celebración de la vida y obra de Tomás Segovia con la presentación de los libros El tiempo en los brazos y Apalabrarse. Conversaciones con Tomás Segovia.

La cita es hoy martes 12 de febrero en punto de las siete de la noche en la Casa Refugio, sita en Citlaltépetl 25, colonia Hipódromo Condesa.

Cien años de Juan de Oyarzábal en Radio Educación

CIEN AÑOS DE JUAN DE OYARZÁBAL EN RADIO EDUCACIÓN
10 de febrero de 20:00 a 22:00 hrs. en el 1060 de AM

ARMANDO PONCE
 
Don Juan de Oyarzábal y Orueta. 
Foto: Tomada de Internet

Radio Educación 1060 AM festejará este domingo de las 20:00 a las 22:00 horas a don Juan de Oyarzábal y Orueta, marino leal a la República española que llegó a México transterrado y se graduó de físico en la UNAM. Su capacidad intelectual, su inimitable personalidad, su humanismo y amor a la familia hicieron de él una persona muy querida. Enseñaba el esperanto en su afán por lograr un mundo unido. Empiezan a llegar decenas de mensajes de felicitación de quienes fueron sus alumnos en la Facultad de Ciencias (www.radioeducacion.edu.mx). En uno de ellos, Francisco Prieto señala que fue un gusto y un honor haber estudiado física con don Juan. El programa de la emisora consiste en una curaduría musical de canciones de marinos a cargo de Rodrigo de Oyarzábal, en un homenaje singular a su padre.

Dr. Fernando Migallón, Miembro de la Academia Mexicana de la Historia.

 

Discurso de Ingreso. Miembro Corresponsal. Academia Mexicana de la Historia.

Fernando Serrano Migallón.

5 febrero 2013.

Tiempo de Centenarios.

Recuerdo, reelaboración y memoria de la Historia

 Antes de cumplir la grata obligación que el estatuto de esta ilustre Academia impone a sus nuevos miembros, de comenzar sus tareas exponiendo un texto de su autoría, quiero cumplir con otro deber, si se puede aún más grato, que antecede a cualquier estatuto y constituye el cimiento de toda relación humana: el rito del agradecimiento, aquello a lo que María Zambrano llamó el momento luminoso de la ofrenda, instante y actitud que hace visible y reconocible la primera deidad de la historia: la gratitud.

Gracias a los miembros de la Academia Mexicana de la Historia que me han aceptado como uno más de los trabajadores de la memoria, gracias a  don Miguel León Portilla y a don Javier Garciadiego Dantan, quienes acogieron, desde hace ya más de un año, la causa de mi admisión como si de cosa propia se tratara y rindieron culto, así, a otro de los dioses tutelares de la historia: la amistad.

 Gracias a todos quienes se ponen al servicio de la más poderosa de las diosas patronas de la historia: la esperanza, que es, a decir de Goethe, otra forma, más cordial, de medir el tiempo.

 Acaso por simple observación o por impulso del espíritu humano, sin mayor autoridad que me respalde, he querido señalar como manes inspiradores de la historia: la gratitud, la amistad y la esperanza.

Quienes abrazamos la vocación de recordar, mantener y estudiar el pasado lo hacemos siempre bajo la advocación de estos tres augures; gratitud para quienes hicieron la historia y para quienes la narraron antes que nosotros, sin ellos nos quedaríamos sin memoria, esto es, sin rostro que nos identifique. Amistad para con las mujeres y los hombres, que igual que nosotros, descubren piezas del pasado para compartirlas y formar, todos juntos, ese enorme y abigarrado mosaico al que llamamos ayer; y esperanza, deidad pequeña y ciega, pero poderosa, que transforma la labor del historiador, a través del anhelo subjetivo del que recuerda hechos aparentemente inconexos, lo que hace de la lectura del pasado una promesa de porvenir.

Quien se niega al amparo de esta trinidad de la historia, quien acude al pasado buscando las raíces de su rencor, quien mezcla la tinta con la cicuta, podrá siempre hacer crónica o memoria, pero nunca escribir historia que es el más querido de los tesoros humanos y el más deseado de sus patrimonios.

1. Tiempo de centenarios.

En 2010, los mexicanos entramos en un ciclo de reflexión que habrá de extenderse por algunas décadas, hasta casi la mitad de este siglo. Al comenzar el centenario de la Revolución mexicana, conmemoraremos en los años próximos, los hechos que construyeron la raíz del México actual y definieron la identidad de nuestro tiempo; en 2010, el estallido del movimiento revolucionario; en 2011, la asunción de Madero a la Presidencia y la proclamación del Plan de Ayala, en 2012, los levantamientos de Pascual Orozco y Félix Díaz y, en este 2013, annus horribilis, obscuro y aciago, en que ocurrieron la Decena Trágica, el cuartelazo de Victoriano Huerta, los asesinatos de Madero y Pino Suárez, pero también el inicio de la Revolución constitucionalista de Venustiano Carranza.

1913 aparece en la historiografía mexicana como un año plagado de penalidades y desastres; un tiempo de violencia en que la arquitectura constitucional elaborada -como diría Gracián- con maña de artesano y paciencia de benedictino, fue destruida por las pesadas botas de militares aventureros, de nostálgicos del pasado porfirista y conservador, por oportunistas de la sangre y de la venganza; pero es también el tiempo en el que la crisis y el baño de sangre prohijaron la rebelión de la voluntad nacional, la reivindicación de los indígenas, el surgimiento de los movimientos obrero y campesino, los movimientos democráticos, ciudadanos y culturales; las manifestaciones a favor de la legalidad y el inicio de la construcción de una nueva vida constitucional, adecuada y apta para construir el futuro de la República.

Aún en el bando de los golpistas existieron contradicción y desencuentro; desde el venal y sanguinario Huerta, sin otra causa que el placer del poder y la perversa satisfacción del miedo, hasta el profesional de los juegos de guerra: Manuel Mondragón; desde el ambicioso y diminuto Félix Díaz, hasta el anacrónico y romántico Bernardo Reyes. No son todos lo mismo. Y no lo son, porque el cuartelazo de 1913, representa el estallido de las heridas purulentas que había maquillado el progreso de la paz porfiriana.  No son todos lo mismo, porque cada uno representa mundos en pugna que aspiraban a dominarse unos a otros cuando faltó la mano omnipotente y la mente omnisciente del dictador. En ese conjunto caben el militar ambicioso amparado por décadas de impunidad, el político desplazado que vislumbró el momento de nuevos brillos, el viejo quijotesco que soñaba con el lema de poca política y mucha administración y el profesional de las armas aburrido ya de tantos años de hacer tareas policíacas.

El año de la Decena Trágica, es el mismo de la Marcha de la Lealtad, es un año signado por el mito y el imaginario colectivo; Es verdad que muchas batallas de la Revolución resultaron más sangrientas y más destructivas; los nombres de Torreón, Zacatecas, Orendáin y Celaya, señalan los hitos más violentos de nuestra guerra civil, pero sólo la Decena Trágica trae consigo el apelativo “trágico” con que la recordamos y sólo en esos breves diez días de la historia se conjura el sentido completo del movimiento armado. La Revolución sería un movimiento liberador por la legalidad o no sería sino una aventura como las antiguas asonadas del siglo XIX.

Tiempo aquel de contradicciones y paradigmas opuestos. Frente al desprecio de Huerta por la Ley, se levanta la figura potente de Carranza; frente a los oligarcas avezados y ambiciosos, la imperecedera presencia de Zapata; frente a la brutalidad y frivolidad de Félix Díaz, la sensibilidad de Luis Cabrera o de Francisco J. Mújica.

Es el tiempo en el que, muy jóvenes, y educados en el ritmo trepidante de la violencia revolucionaria, se integran a las filas los que devendrían constructores del México futuro. Fue el tiempo, de la primera sangría cultural de nuestra patria cuando salen al exilio empujados por la violencia y la atrocidad del destino algunos jóvenes como Alfonso Reyes.

La Decena Trágica, persiste en el imaginario colectivo, casi con independencia del resto del movimiento armado. Es su condición local, coyuntural y fechada lo que le da su carácter universal y reúne en su experiencia los temas eternos del traidor y del héroe; la legalidad y la justicia; la muerte y la vida. Los hechos se superan a sí mismos para convertirse en símbolo, en aquello que sin poder definir del todo, Napoleón comentaba a Goethe cuando le pidió escribir una tragedia sobre la figura de Julio César: “Nada supera una tragedia. La tragedia, en cierto modo, está por encima de la historia”.

En el febrero de 1913, estos personajes y el país con ellos se encaminan a su destino, les acontecen hechos que superan su imaginación y su capacidad de predicción, a veces parecen no comprender y en otras, sobrepuestos a su temor y a su propia condición vital, se engrandecen sobre el silencio del coro que es una sociedad aterrada por los demonios que se han desatado donde apenas unos años antes florecía una paz augusta; como si tanta grandeza tuviera que terminar en dolor y que despierta las cóleras y envidias tanto de los dioses como de los hombres. Lo mismo da la víspera de la ejecución de Madero, las visitas que recibe y las condiciones de su encierro, que la marcha desastrosa que Bernardo Reyes cursa de la cárcel militar de Santiago Tlatelolco hasta su final frente a la puerta Mariana de Palacio Nacional. Todo parece escrito desde antes por una pluma providencial, todo parece dirigido al encuentro del destino y al final, igual que sucede con los dioses griegos, nadie puede escapar a su destino, ni el gobierno legítimo, ni los alzados y menos aún la Nación.

La tragedia, insisto con Goethe, supera a la historia, le da forma, la mitifica y la convierte en símbolo de los tiempos que habrían de venir; como si en sólo diez días tuviera que ser resuelto el dilema fundamental de la historia, de toda ella; de todo lo humano, el debate entre el protagonista individual que modifica la historia, o la nación que la determina.

Enorme en su iniquidad y también en su heroísmo, el cuartelazo de 1913 representó para los mexicanos un parteaguas histórico, un momento brutal que, sin embargo, se engrandece todavía más por su función catártica y por su capacidad inspiradora pues puede ser leída a la luz de la fórmula de Aristóteles que da por función a la tragedia purificar las pasiones mediante la piedad y el terror. Por primera vez en nuestro entonces, ya largo devenir histórico, se presentaba la coyuntura no de elegir entre dos tendencias ideológicas o entre dos caudillos, sino optar entre la legalidad o su destrucción.

El Maderismo había puesto de relieve el surgimiento de un nuevo tipo de mexicano, ilustrado pero sin acceso a la toma de decisiones fundamentales; en torno a Francisco I. Madero militaron los representantes de esa nueva clase social, la burguesía de clase media que aspiraba a tomar parte activa en la vida política de un país que en buena parte estaban construyendo.

En su libro La Sucesión Presidencial de 1910, publicado en 1908, Madero no refleja la necesidad de un nuevo marco constitucional, antes bien, demanda la restauración del orden democrático de la Constitución de 1857, particularmente en temas en los que dicha Constitución había avanzado significativamente: elecciones libres y libertades políticas; de hecho la Plataforma política del Partido Anti reeleccionista es recurrente en dichos temas a los que sumará el principio de no reelección y la libertad de los municipios, para regresar con mayor energía a tocar el tema de las garantías individuales.

La destrucción y la muerte de cientos de personas, fieles al gobierno legal y legítimo, implicaron una transformación del movimiento que pensó, acaso con inocencia, que bastaba expulsar al dictador para crear la democracia, que creyeron en el apóstol que, transportado por su creencia, confiaba en la bondad de todos los mexicanos para construir un sueño de patria que no era posible ante tanta hambre, tanta injusticia y tanta exclusión. Alfonso Reyes lo recordaría años después, ya en su retiro, cuando decía que “Expulsar al viejo Presidente parecía ser el problema de la Revolución, y resultó lo más sencillo. Como siempre que se intenta apuntalar la tierra para evitar un terremoto o sacar cubas de lava para evitar la explosión de un volcán, aquello de dar por hecha una Revolución con sólo la renuncia de un Presidente fue una quimera.”

Por su carácter decididamente jurídico y político, el Movimiento constitucionalista encabezado por Venustiano Carranza habría de colocarse en la vanguardia de la lucha por la recuperación de la normalidad legal. El Plan de Guadalupe, proclamado el 26 de marzo de 1913, no sólo desconoció a Huerta, sino a los Poderes de la Federación y a los Gobiernos de los Estados que permanecieran fieles al régimen del usurpador; estableció a Carranza como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista encargado interinamente del Poder Ejecutivo, hasta que pudiera convocar a elecciones generales, cuando las condiciones de paz fueran suficientes para garantizar la celebración de la consulta. Sobre todo, se propuso la reinstauración del orden constitucional vigente, el de 1857.

Todos tenían conciencia de que éstas se verían cumplidas no con arreglos políticos temporales, sino con incorporaciones reales en los textos legislativos. De entre ellos, Carranza emerge con el texto constitucional de 1857, violentado y hasta olvidado, para ver en él, en su reforma y, finalmente en su transformación, el arreglo final de una lucha que había confiado en la Ley como manifestación de la voluntad general. Debe decirse también, que a diferencia del movimiento encabezado por Madero en contra de Díaz, en las expresiones populares y en el discurso político, los movimientos que se levantaron contra Huerta, añaden el ingrediente de un odio telúrico, antiguo, de siglos de olvidos y postergaciones y será la odiosa figura del traidor la que conjurará en su contra todas las violencias de que la mexicanidad fue capaz; será él, en su venalidad y falta de discurso, en su ausencia total de proyecto de Nación y de sentido humano, quien atraerá como solían atraer, en la tragedia griega, todos los males quienes se oponían al destino propio o al de sus semejantes.

Será Alfonso Reyes quien, años después al recordar en busca de una catarsis para explicarse la muerte de su padre, lo que probablemente no encontró, plantearía el espacio de la tragedia en estos términos: “El general Bernardo Reyes, que en un tiempo parecía el sucesor natural de Porfirio Díaz en la Presidencia de la República Mexicana y que concentraba en sí toda la simpatía y hasta la idolatría del pueblo y del ejército, no quiso ser desleal a Porfirio Díaz y se negó a encabezar una revolución, ausentándose del país. El primer hombre que hubo a la mano —Madero— hizo entonces la Revolución, que expulsó del gobierno y del país a Porfirio Díaz. Y como sucede siempre, el movimiento social fue dejando atrás a sus iniciadores. Cuando el general Reyes volvió al país, su popularidad había desaparecido, y se encontró, sin darse cuenta, convertido en representante de la reacción, y de los últimos elementos y despojos del régimen porfirista. Una serie de vicisitudes lo arrastran entonces de fracaso en fracaso hasta la prisión militar de Santiago, en la Ciudad de México.”

Este tiempo de centenarios, en particular el de 1913 que durante este año deberemos reflexionar, representa la oportunidad de pensar sobre el papel de la violencia en la historia patria; de la forma en que los mexicanos asumimos el legado de la guerra y el recuerdo de las batallas; de la manera en que, finalmente, de aquellos hechos, hemos construido la identidad de un pueblo en tensión entre la legalidad y la impunidad, entre la fuerza y la norma, entre el líder y la sociedad. Pudimos generar, al fin, como sociedad pero sobre todo como Nación un arte propio y singular.

2. Días de Caín y de metralla: La oración del 9 de febrero, Alfonso y Bernardo Reyes.

Se ha terminado ya el tiempo de los testigos. Quienes vivieron aquellos momentos atroces han partido, de ahí, que hayamos superado la etapa testimonial de la Revolución escrita por los protagonistas, mayores y menores, etapa en la que se creó el ciclo enorme de la novela revolucionaria; hemos pasado también ya el periodo en que escribieron los testigos todavía jóvenes y que la estudiaron como fenómeno social y cultural vigente; hemos entrado, desde hace varias décadas en el momento de reflexión, interpretación y reinterpretación de aquel pasado que nos construyó y que nos justifica. Es este nuestro momento, como historiadores y memorialistas, de reconstruir los detalles de aquel pasado que dieron sentido a muchas otras manifestaciones de nuestra ciencia, política, arte y cultura. Es el tiempo de explorar no sólo los hechos, sino su significado y su alcance.

Al marcar las diferencias entre los distintos actores del cuartelazo de 1913, se desprende de ellos, por su carácter y razón, Bernardo Reyes. Lo hace, no sólo por el distinto cariz de su presencia en los hechos, no sólo por la causa que abrazó y lo llevó a lanzarse cabalgando a ciegas contra la metralla que protegía la Puerta Mariana de Palacio Nacional; no sólo por eso, sino por la manera en que esos días son recordados y que nos muestran los distintos niveles por los que debe pasar la memoria antes de convertirse en historia. De ese instante del pasado Alfonso Reyes escribió unos de los versos más dramáticos de la literatura mexicana y también, de los más logrados:

“Febrero de Caín y de metralla:

humean los cadáveres en pila.

Los estribos y riendas olvidabas

y Cristo militar, te nos morías.”

La tragedia familiar del que parecía el sucesor natural de Porfirio Díaz, los desencuentros entre Rodolfo, el político y Alfonso, el intelectual, ambos hijos predilectos del Patriarca; son un ejemplo de la marca que la guerra dejó en la sensibilidad artística de Alfonso, la manera en que trocó para siempre la carrera política de Rodolfo y el modo en que desperdigó por el mundo a aquella familia de jóvenes  prometidos a pertenecer a la élite porfiriana, es un símbolo de la transformación y la tragedia que significó para México el movimiento revolucionario.

Es también esa tensión fraternal, la de Alfonso y Rodolfo, el símbolo de un país envuelto en el fratricidio, se desconocen y se desencuentran aunque comparten pasado común y el afecto de una vida; dirá Alfonso algún día sobre la estrella del otro Reyes: “Mi hermano Rodolfo que, naturalmente acabaría por no entenderse con Huerta, y salió del Gabinete, asumió una actitud acusatoria en la Cámara, fue a dar a la cárcel con todos los diputados y finalmente fue desterrado, se reunió conmigo en París”.

La historia también es así, no sólo el recuerdo de las batallas y de los momentos gigantescos, sino el símbolo íntimo de la tragedia humana; la exposición desnuda de la condición de los hombres frente a los hechos que los superan y que los transforman para hacer de ellos mucho más de lo que serían en circunstancias habituales.

Ante los ojos de Alfonso Reyes, la estatura de su padre aparece inmensa, mítica, geológica; narra la visita de Porfirio Díaz a Monterrey pocos años antes de la caída: “Al fin el dueño de la política vino en persona a presenciar el milagro: ´Así se gobierna´, fue su dictamen. Y poco después, el gobernador se encargaba del Ministerio de la Guerra, donde todavía tuvo ocasión de llevar a cabo otros milagros: el instaurar un servicio militar voluntario, el arrancar al pueblo a los vicios domingueros para volcarlo, por espontáneo entusiasmo, en los campos de maniobras; el preparar una disciplina colectiva que hubiera sido el camino natural de la democracia; el conciliar al ejército con las más altas aspiraciones sociales de aquel tiempo; el sembrar confianza en el país cuando era la moda el escepticismo; el abrir las puertas a la esperanza de una era mejor. Al calor de este amor se fue templando el nuevo espíritu. Todos lo saben, y los que lo niegan saben que engañan. Aquel amor llenaba un pueblo como si todo un campo se cubriera con una lujuriosa cosecha de claveles rojos.”

A Alfonso Reyes la tragedia le marca la vida, la pasión por el padre se transformará en motivo para su literatura, pero será, al igual que la actuación de Rodolfo, una causa para su rechazo por la política de la que, sin embargo, nunca pudo desligarse como diplomático y luego como autoridad cultural; será en él símbolo de contradicción y de dolor y, por lo tanto, enorme fuerza creativa. Alfonso termina su soneto “9 de febrero de 1913”, con una declaración de principios que será válida durante toda su existencia:

“Desde entonces mi noche tiene voces,

huésped mi soledad, gusto mi llanto.

Y si seguí viviendo desde entonces

es porque en mí te llevo, en mí te salvo,

y me hago adelantar como a empellones,

en el afán de poseerte tanto.”

El soneto está fechado en 1932, en Rio de Janeiro; dos años antes, en 1930, el día que su padre hubiera cumplido los ochenta años y diecisiete después de su muerte, Reyes escribe la Oración del 9 de febrero, que habría de permanecer inédita hasta que en 1963 la diera a conocer su viuda. En ese texto, explicación del papel que la violencia tuvo en su vida, Reyes presenta su impotencia frente al destino que su padre se había fijado y que recibía el aliento y acicate de su hermano Rodolfo; en su memorial de los días terribles de la muerte de su padre, Alfonso recuerda como “todavía el Presidente Madero – a través de Alberto J. Pani y por mediación de Martín Luis Guzmán – llegó a ofrecerme la libertad del general Reyes, si yo le daba mi palabra de que se retiraría a la vida privada. Pero yo no pude hacerlo, porque no era mi opinión, -dada mi extrema juventud- la que podía dominar otras influencias y otros compromisos que arrastraban a mi pobre padre.”

Su confusión y dolor ante el mundo que se venía abajo sin saber qué derroteros le deparaba el que entonces nacería de las cenizas de aquel momento histórico, clava en su espíritu, como una metáfora de la vida nacional, el dardo penetrante de la pena. Ya escritor en madurez, Alfonso dijo: “Aquí morí yo y volví a nacer, y el que quiera saber quién soy que le pregunte a los hados de Febrero. Todo lo que salga de mí, en bien o en mal, será imputable a ese amargo día”. Sin saberlo, sin proponérselo siquiera, Alfonso Reyes se convierte así, en ese instante, en símbolo de un país que nace y muere en un mismo momento, cuando sus instituciones son destruidas y los movimientos revolucionarios asumen la responsabilidad; todo cuanto somos deviene de esa apuesta histórica, la legalidad o la fuerza, para bien o para mal, es imputable también a esos amargos días.

3. Reconstrucción y Constitución.

Si aquel tiempo de centenarios está tachonado de sangre y tragedia, también lo está de luz y de esperanza.

El constitucionalismo nace como una respuesta al cuartelazo y a su ausencia total de programa, legalidad y sistema; se constituye como un retorno al orden y a la institucionalidad; para el momento en que Carranza toma el estandarte de la lucha por la recuperación del orden constitucional, México es ya un país devastado no sólo por cuanto la ola destructiva del furor revolucionario, las bandas fuera de todo control, la abundancia de caudillos autárquicos y la brutal represión de la dictadura, actuarán en una espiral de violencia sin lógica alguna, privada de todo marco jurídico efectivo, la sociedad y el Estado compartían la orfandad que sólo se tiene cuando la ley ha muerto.

La reconstrucción de la patria pensada por Carranza aspira, en un primer momento, a recuperar el orden perdido y que sólo es posible en la legalidad; llegada su hora, se convertirá no sólo en reconstrucción, sino en auténtico surgimiento por la educación, las garantías sociales, el derecho al trabajo, a la salud, a la sindicalización, en fin, la búsqueda para moderar la riqueza y luchar contra la miseria, en la búsqueda del equilibrio, siempre frágil y casi siempre inaprensible, entre el derecho del sujeto y el derecho de la sociedad.

En 1959, un sobresaliente protagonista de la vida cultural mexicana, Fernando Benítez, publicó El Rey viejo, una de las últimas novelas del ciclo revolucionario en que narra el sacrificio de Venustiano Carranza. Los hechos de Tlaxcalantongo, de 1920, vienen a cerrar el ciclo de destrucción y muerte que se abrieron con el episodio de la Decena Trágica. En ambos, la muerte del presidente responde a intereses espurios, a la espiral extralógica de la violencia y también, a la encrucijada que debía resolver el movimiento revolucionario; legalidad o caudillismo; instituciones o sujetos.

El revolucionario constitucionalista aparece así, como otra de las figuras titánicas del movimiento armado, su estela de fuerza y legalidad, le atrajeron la fidelidad de inteligencias y sensibilidades como la de Isidro Fabela, o como la de Francisco L. Urquizo que mantuvieron siempre una lealtad indeclinable por Carranza.

Carranza enfrenta al usurpador Huerta con una sola bandera, inmensa e impecable, la Constitución. El propósito de Carranza no era establecer un nuevo orden constitucional; veía en la Constitución liberal e individualista de 1857, el legado histórico de una patria ya formada; sin embargo, el fragor de las batallas, la participación del pueblo y el desarrollo de la Asamblea constituyente de 1916 – 1917, dejaron claro que el momento de la República era otro. Nuevos actores presentaron nuevas demandas y, finalmente, luego de casi quinientos  años de historia, la Nación y el Estado se presentaban de cuerpo entero, sin exclusiones y sin ausencias.

Esta vez, y para siempre, la Patria en formación había hecho crisis para constituirse toda en un nuevo texto constitucional en el que se podía albergar un nuevo sueño de Nación y un nuevo proyecto de República.

Carranza, al igual que Bernardo Reyes, pertenecía a aquella casta de gobernadores porfirianos que preferían la administración a la política; incluso, las ligas de aprecio y colaboración entre ambos gobernadores fincaron conjuntamente, las bases de una buena parte de la prosperidad del norte mexicano.

Igual que Bernardo Reyes, Carranza era hijo de un liberal prominente, pero a diferencia del neoleonés, nunca aspiró a la presidencia y supo leer, acaso con mejor precisión, los vientos que se iban con el Ypiranga y aquellos que soplaban desde los áridos desiertos que gobernaba; tolerante pero no comprometido con el Maderismo, llegó a su límite con el cuartelazo de Huerta y, entonces, más que ningún otro por su programa de acción y sus ideas definidas, encarnó un movimiento cuyo cuño revolucionario puede ser debatido, pero cuyo sello de legalidad, orden e institucionalidad son incuestionables.

Para Carranza, la revolución significaba legalidad; revolución significaba reconstrucción.

La muerte del general Bernardo Reyes no fue sólo un destino trágico para sí mismo, lo fue también para su  hijo Alfonso, que en los siguientes cincuenta años nos legaría una patria escrita. Al crear esa patria Alfonso Reyes cumple en el terreno de la cultura lo que Carranza propone en el terreno cívico. Hoy, cien años después, nuestro país es muy distinto.

Para el momento de creación del nuevo orden constitucional, la historia mexicana había llegado a un punto de maduración en el que los elementos del Estado se habían establecido de manera casi definitiva; la lucha armada de 1910, por su parte, habría de terminar la tarea de consolidación de la identidad que se había iniciado con la restauración republicana y el movimiento de reforma. A los datos de nuestra identidad republicana, federal y laica, iban a añadirse el sentido popular, representativo y social que caracteriza al Estado mexicano; de ahí que pueda decirse que la Constitución de 1917 opera como resumen de la historia nacional.

La Constitución se convirtió así en la síntesis de la vida de México;  de quienes en medio del fragor de la conquista, comprendieron que no era la destrucción lo que podría forjar una Nación, de los confundidos e idealistas hombres del XIX, que se vieron forzados a imaginar una patria donde sólo había dispersión; de aquellos que buscan la justicia social que caracterizó a la revolución, los mismos que aspiraron a un Estado constitucional de derecho que pudieran legar a sus hijos como única garantía de permanencia. Somos todo eso y también lo que nuestros sucesores construyan para labrar su presente y su futuro.

Señores académicos.

Vuelvo al inicio de estas palabras que generosamente han escuchado. Vuelvo a invocar las deidades domésticas de la historia: la gratitud, la amistad y la esperanza. Lo que esta Academia realiza constantemente, no es sólo recordar un pasado sino mirar en el ayer las fuentes de nuestro mañana, ese proyecto siempre por hacer y siempre por encontrar, al que llamamos Patria, al que llamamos nuestro y al cual todos nos debemos.

Gabriela Mistral, al final de sus días y decepcionada con todo o con casi todo afirmó: “A medida que envejezco a mí me importa más y más la geografía y menos la historia, el suelo mejor que el habitante”. Sin querer, por supuesto, polemizar con tan grande pensadora y poetisa, después de ver la labor y la lucha del pueblo mexicano, mi confianza aumenta en el hombre y espero que alcance el futuro que se merece.

Muchas gracias.