In Memoriam. Tomás Segovia

 

TOMÁS SEGOVIA

IN MEMORIAM

Recordamos al maestro Segovia con el discurso que pronunció en noviembre de 2005 cuando recibió, en la Feria del Libro de Guadalajara, el Premio Juan Rulfo.

  • Yo soy tan mal militante de la modernidad, que encuentro perfectamente legítimo que un lector me pregunte qué quiere decir un poema mío
  • Siempre he envidiado la sabiduría de las mujeres, que me parece, si no originada, por los menos históricamente alimentada por siglos de marginalidad y discriminación

Hace casi cuatro meses supe que me habían dado el premio Juan Rulfo, y todavía ahora, cada vez que pienso en ello, no puedo dejar de sentir la misma sorpresa que sentí entonces. La sorpresa, por supuesto, no excluye la gratitud, más bien al contrario: un buen regalo que no tenga algo de sorpresa parece que le falta algo, una ligereza, una alegría. Pero quien recibe un regalo inesperado no puede dejar de pensar, aunque sólo sea durante algunos segundos, que tal vez es un error y que acaso el regalo no es sólo inesperado, sino también inmerecido. Supongo que nadie irá a pensar que estoy dándome baños de modestia, o sea presumiendo de modesto, esa cosa tan groseramente contradictoria. Mi sorpresa agradecida no tiene que ver con mis méritos o falta de méritos. Buenos escritores, o sea escritores que cuentan con cierto número de admiradores más o menos espontáneos, hay todos los que ustedes puedan imaginar, y el que más y el que menos, muchos de ellos merecen algún premio, si es que los premios han de existir y si es que pueden merecerse. Por lo menos es claro que la mayoría de ellos trabajan, se esfuerzan, estudian, luchan, sufren y hacen otras cosas igualmente meritorias.

Repito: no se trata de méritos. Mi sorpresa no es que se dé un premio a un escritor con los méritos que pueda tener o dejar de tener yo, sino que ese escritor sea yo. Quiero decir: un escritor con mis características, que no es lo mismo que mis méritos. O con algunas de mis características, porque lo sorprendente no es que se me premie a mí personalmente, sino a alguien como yo.

Yo no estoy tan seguro de que los escritores y artistas merezcamos que se nos premie, se nos apoye, se nos ayude, se nos financie y se nos privilegie de diferentes maneras. O en todo caso no más que a cualquier otra clase de ciudadanos. Y menos aún de que las autoridades de los diferentes países tengan la obligación de fomentarnos y protegernos así, cuando hay tantas cosas obviamente más importantes para los intereses de esas autoridades o de esa sociedad que se supone que representan, y que yo no veo que merezcan menos que nosotros ser promovidas y alentadas. Pero si esos premios y estímulos han de existir de cualquier manera y no están a fin de cuentas enteramente injustificados, seguramente comparten algunos rasgos generales o tendencias implícitas que todos reconocemos más o menos inconscientemente o que damos por descontados sin pensar en ellos. Cuando alguien es escogido para uno de esos “estímulos”, casi todo el mundo habla de “reconocimiento” –un merecido reconocimiento, suelen añadir. A mí no me convence esa expresión. Ese uso del verbo reconocer hace pensar enseguida en reconocer los propios errores, o más bien en conceder algún punto al contrincante sin verdadera convicción, o ceder a los argumentos del otro como quien pacta una tregua. Parece que reconocer a un escritor es siempre reconocerlo a regañadientes, como si los que lo premian –y la gente en general– hubieran estado mirando obstinadamente a otro lado y por fin hubieran tenido que “reconocer” a pesar suyo que allí había un escritor. Los que nos felicitan por ese “merecido reconocimiento”, parece que nos dijeran: “Yo siempre estuve contigo; por fin hemos ganado; por fin han tenido que reconocer que eres alguien; ahora tendrán que tragarse sus palabras”.

Yo desde luego no me siento así. Creo más que nadie en el reconocimiento –anagnórisis en griego– pero no en ese sentido. Creo también que hay zonas, corrientes, actitudes que ocupan el centro y otras las márgenes, y que sus relaciones son movibles, dinámicas, en gran parte antagónicas y en muchos aspectos polémicas. Pero esa manera francamente belicista de plantear la polémica no me parece sensata. Ni todas las zonas centrales son excluyentes ni todas las zonas marginales son marginadas. Precisamente en lo primero que pienso cuando me sorprende que me premien es en que yo soy probablemente un escritor marginal pero no marginado. En ese sentido, yo me he sentido siempre “reconocido”. Más de lo que hubiera podido esperar. No reconocido masivamente, por supuesto, pero ¿quién ha dicho nunca que el reconocimiento sea cosa cuantitativa? Un premio literario, por ejemplo, –y yo no he recibido muchos; pero en todo caso más de uno como ustedes saben–, un premio literario puede suponerse que recoge el sentir de una mayoría de lectores, pero de hecho lo decide un grupo muy reducido de personas, un jurado selecto que también puede suponerse que no se pliega a las preferencias de los lectores, sino que justamente quiere sugerirles o contagiarles innovaciones o cambios en sus gustos y revelarles valores insospechados. Mi caso podría ser de ésos, puesto que mis libros nunca se han vendido ni siquiera medianamente bien.

Pero ésa es la cosa, o como dijo Cantinflas, ahí está el detalle. Yo siempre he publicado en editoriales marginales, y sin embargo mi obra ha acabado por transminar en alguna que otra editorial central. Lo cual a su vez me sorprende, ya pueden imaginárselo, porque ese logro, o esa suerte, ese “reconocimiento”, no impide que tenga que seguir recurriendo a editoriales marginales para dar a conocer mis cosas. Y entonces no tengo más remedio que pensar que esta situación peculiar, este estar en sitios a los que no pertenezco, este asomarme al centro desde las márgenes, este pasearme por el centro sin perder mi marginalidad y esta fidelidad a las márgenes sin aislarme de la centralidad es lo que puedo llamar mi destino. Yo, en efecto, nunca me he aposentado en el centro de mi época, de mi cultura, de mi ideología.

Esta época mía, nuestra, eso que solemos llamar modernidad, nace con el triunfo de la desconfianza frente al pasado. La duda, este hábito occidental, que empieza en Europa, con Descartes, siendo metafísica y trascendental, acaba aterrizando en la realidad y poniendo en duda la religión, el origen divino del poder, la autoridad de la tradición y de las creencias. Esa modernidad no tarda en afianzarse rechazando todo pasado, del que no sólo desconfía sino del que además reniega.

Yo también, naturalmente, soy moderno: viviendo en la época en que vivo, no puedo dejar de desconfiar de la religión, más virulenta hoy que en tiempos de la Ilustración; del origen divino o no, del poder; de la autoridad tradicional. Pero esa ideología recibida, unida a las circunstancias particulares de mi vida, a mí me llevó bastante pronto a desconfiar no sólo del pasado, sino también del presente y del futuro. Las grandes creencias de mi época, la exaltación de lo nuevo, la fe en el progreso, en especial identificado con el progreso tecnológico, la orgullosa convicción de que sólo ahora entendemos la realidad, la desacralización de la vida, manifestada cotidianamente en la banalización del cuerpo, del sexo y del deseo, y sobre todo nuestras prohibiciones explícitas o implícitas: la prohibición de pedir cuentas al conocimiento científico, a la idea establecida de democracia, al arte y a la poesía, todos esos presupuestos compartidos yo los miro con la misma desconfianza que las creencias y prohibiciones de la Edad Media o del Barroco. Eso también da un sentido diferente a mi desconfianza del pasado. En lugar de mirar el pasado como el lastre del progreso, la resistencia a la innovación, la ceguera o la cobardía que estrangula el cambio (que siempre es adelanto y nunca retroceso), el peso muerto del que hay que librarse para entregarse al fervor de lo nuevo; lugar de eso, decía, el que desconfía de esa desconfianza misma toma distancia frente al pasado no para condenarlo y rechazarlo sino para tratar de entenderlo, porque el pasado lo mismo que el presente, se equivoca sobre sí mismo si no toma distancia.

En la literatura y el arte, por ejemplo, puesto que se supone que ése es mi terreno, a mí me enseñaron, como a todos los modernos, que es ridículo preguntar qué quiere decir un poema, un cuadro, una escultura. Hay que cuidarse mucho de quedar como un pobre bobo inculto y desinformado haciendo esa ingenua pregunta. A mí, desde que empecé a escribir, siempre me pareció que era demasiado fácil protegerse así del juicio del lector. Era yo muy joven cuando me rebelé contra la famosa anécdota de las ostras. Un pintor moderno está enseñando sus cuadros a un buen burgués, zafio por supuesto, le dice que no entiende su pintura. El pintor le pregunta: “¿A usted le gustan las otras? -Sí, mucho. -¿Y las entiende”. No sé qué contestaría el pobre burgués, pero sé qué contestaría yo: Precisamente por eso no las enmarco y las cuelgo en mi sala o voy a contemplarlas al museo -ni pago por ellas medio millón de dólares, cosa que también tiene su importancia.

En cuanto a mí, siempre me esforcé por hacer una poesía interpretable, una poesía que tal vez algún lector encuentre difícil, porque no se trata de que sea mejor lo fácil que lo difícil, ni tampoco de lo contrario, pero una poesía que no sea impenetrable. Explicaré un poco en qué sentido digo interpretable. Interpretar no es ni definir, ni traducir a un lenguaje diferente, ni añadir significaciones arbitrarias, ni anexar lo interpretado a una teoría preexistente o creada ad hoc. Interpretar es poner en contexto. Un mensaje recibido se puede descifrar, en el sentido de descodificar, fuera de contexto, a condición de que dispongamos del código. Pero no se puede interpretar fuera de contexto. Esa burla que hacen los bien informados al pobre ingenuo que pregunta qué quiere decir una obra de arte o de poesía es un verdadero chantaje intimidatorio, con el que se coloca al arte y a la literatura a salvo de todo contacto con la impura vida de los impuros mortales, más allá de todo contexto, absoluta y sublimemente fuera de contexto.

Yo soy tan mal militante de la modernidad, que encuentro perfectamente legítimo que un lector me pregunte qué quiere decir un poema mío. No es fácil contestar, por supuesto, y es mucho más cómodo sentenciar que la poesía no se explica. Como las ostras. La respuesta muchas veces es decepcionante, y eso parece justificar que se descarte toda respuesta. Pero hay preguntas cuya respuesta es imperfecta o incluso imposible, por lo menos en el sentido de que nunca puede cerrarse o concluirse, y que son sin embargo preguntas legítimas. Sería muy grave por ejemplo que nos ridiculizaran por preguntar por el sentido de la vida, aunque es claro que nunca podremos acabar de contestar. O que nos dijeran que es muestra de incultura pedirle cuentas al gobierno, aunque bien sabemos que no nos las dará.

Pero yo soy todavía más díscolo en el redil de la modernidad. Creo en el uso de la literatura y el arte. Para empezar, en el uso en el sentido que tiene el término para los lingüistas los elementos de la lengua no tienen sentido mientras no estén puestos en contexto. Y conste que el contexto no son sólo otros elementos lingüísticos, también es con-texto el mundo al que se confronta el texto -contexto situacional lo llaman ellos. Y si el poema toma sentido en el contexto del mundo real, es claro que al lector le sirve para iluminar o siquiera confrontar ese mundo real. Ese uso de la poesía, que es su verdadera interpretación, es el que practicamos por ejemplo cuando, en el contexto de una emocionante bocanada que sale de algún viejo portal, llamamos a eso, casi involuntariamente, “el santo olor de la panadería”; o cuando, al recordar un palpitante episodio de nuestra infancia, nos sorprendemos  susurrando “Mi frente aún está roja del beso de la reina” o cuando al acercarnos a los lugares inquietantes de nuestros abuelos, escuchamos una voz casi ultramundana que nos está contando “Vine a Comala porque me dijeron que aquí murió mi padre” Eso es poner en práctica la poesía, porque el uso es una praxis, la implicación del mundo real, el abrazarse del pensamiento con la “rugosa realidad”, para decirlo con palabras de Rimbaud, usando así un poema más.

Puede decirse pues que aunque yo tenga alguna presencia, alguna nebulosa existencia en los lugares centrales de la nuestra modernidad no pertenezco a ellos porque no comparto sus fes más recalcitrantes. No creo que el arte y la poesía sean un mundo aparte donde no se aplican las exigencias, las búsquedas, las preguntas y los anhelos del resto de la vida humana. Creo que los entendidos de este siglo y pico han creado un sistema especulativo de segundo nivel, donde las obras de poesía y arte valen no por su contenido, sino por su pertenencia a las estructuras de ese segundo nivel, un sistema de escuelas, de ísmos, de corrientes, de modas, de competencia inventiva, y muy significativamente de galerías de arte, de museos, casas de subasta y listas de precios. Ese sistema, refinadamente constituido y perfectamente anclado en los medios dirigentes, tiene su propia coherencia y sus propias relgas e incluso leyes, y no es que a mí se me escape, lo entiendo perfectamente, incluso la especulación conceptual con que se justifica, pero yo, el MOMA me perdone, sigo buscando un contenido en el arte y la poesía. Me parece que en el arte abstracto, por ejemplo, lo verdaderamente no es el cuadro, es el sistema especulativo sin el cual no se justifica; no es que el arte no se explique, todo lo contrario: es que la respuesta no está en el cuadro, está en la teoría que lo explica, justamente, y sin la cual no sería cuadro.

¿No es de esperarse que alguien que piensa así se sorprenda de que le den premios? Todo parece indicar que he sido reconocido, o más bien que estoy, que siempre he estado reconocido, pero ¿significa eso que es reconocida también mi postura ante mi tiempo y mi medio? ¿Puedo decir que por lo menos algo hay de eso? En alguna época estuve tentado de llamar a mi postura “la otra modernidad”. Pero no es eso. No se trata de pasar de una a otra modernidad como quien pasa del PRI al PAN, de los republicanos a los demócratas, del Pumas al América. Lo mismo puede decirse que hay una sola modernidad o que hay todas las que uno quiera. Pero a una persona que piensa como yo, sin duda hay que ponerla también en contexto. Tendría que ser en el contexto de mi vida donde se expliquen, quiero decir, se entiendan mis maneras de pensar. Desde mi nacimiento yo he estado siempre dentro y fuera de los lugares, de los grupos, de las familias, de las comunidades donde he vivido. La orfandad y el exilio son las manifestaciones más fácilmente reconocibles de esa peculiaridad, pero son sólo dos entre muchos otros ejemplos. Si he vivido tantos desarraigos ¿cómo no sentirme también más o menos desarraigado del suelo del pensamiento compartido en el mundo y la época que me tocó vivir? Hay otras posturas generales de mi tiempo con las que no he podido nunca comulgar: la fe en las raíces, en las nacionalidades, en la identidad, en la bondad sin sombras de las comunidades. Dudo también muchísimo de los efectos benéficos automáticos de la sociedad de mercado, de la ideología darwinista en política, de la necesidad de fundar toda la actividad humana en la competitividad, como la llaman, y de otros aspectos del consenso de nuestras figuras más destacadas, pero sé que estas posturas en particular las comparto con mucha más gente que mis actitudes frente a la modernidad en arte y literatura, o frente a los valores intocables que acabo de mencionar.

Siempre he envidiado la sabiduría de las mujeres, que me parece, si no originada, por los menos históricamente alimentada por siglos de marginalidad y discriminación. La mirada desde las márgenes ve cosas que no son visibles desde el núcleo. Quien se mueve en el centro de su sociedad no puede ver que el rey está desnudo. No me comparo con las mujeres, pero yo también he conocido desde la infancia pequeñas marginalidades y discriminaciones de la sociedad donde me ha tocado vivir. Que en este siglo que empieza los arraigados van a tener que contar muchísimo con los desarraigados es lo que acabamos de comprobar no sin escalofrío en las barriadas de Francia y otros países europeos. Mi caso no es de ésos, desde luego. Lejos de ser apaleado por la gendarmería, yo soy en todo caso un desarraigado premiado. Cierto que tampoco me he entregado a la violencia y el caos, sino que más bien he estado acumulando méritos, o eso dicen los amigos que me visitan ahora. Sería ridículo pensar que conmigo el Premio Juan Rulfo premia todos los desarraigos, incluyendo el de los violentos de los suburbios europeos. Pero si algún desarraigo, por largamente meritorio y reconocido que haya sido, entra conmigo en este lugar central ¿no les parece comprensible que a mi gran gratitud se mezcle alguna sorpresa?

Participa en el Estudio sobre la dieta de los españoles que viven en México

Apreciables ateneístas:

Con el respaldo del Ateneo Español de México, la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Autónoma de Madrid, Kristin Keller está realizando un estudio sobre los cambios en la dieta de los españoles que viven en México.

Colaboradora en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, Kristin Keller obtuvo el doctorado en el Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma de Madrid.

Kristin Keller aplicará su estudio en las instalaciones del Ateneo Español de México en tres días y horarios distintos, a fin de que seleccionen el que mejor se adapte a sus necesidades o ritmo de trabajo. Agradeceremos que confirmen su asistencia:

Escriban a kristin.keller@uam.es o llamen a: 044 5542 6679 80.

 

 

 

 

Presentación de dos libros de Tomás Segovia: Los oídos del ángel y El tiempo en los brazos II

 Presentación de El tiempo en los brazos II y Los oídos del ángel, de Tomás Segovia en el Ateneo Español de México

 Jueves 7 de noviembre de 2013, a las 19:00 hrs.

Tomás Segovia fue un gran lector de novelas y cuentos. Cesare Pavese y Thomas Mann ocuparon en unos años sus desvelos, reconocía en Proust y su En busca del tiempo perdido la gran novela fundadora de una sensibilidad de la que él formaba parte.

    Dedicó algunas brillantes páginas a celebrar el genio de Cervantes y las aventuras de su ingenioso Hidalgo. Los que lo escucharon en un curso que dedicó a Henry James recordarán el entusiasmo por el escritor angloamericano y su capacidad de captar el alma femenina.

    En Cartas de un jubilado y Los oídos del ángel, Segovia encuentra en la novela el género ideal para mirar su pasado sin volverse estatua de sal. Fruto de una sensibilidad a flor de piel, Los oídos del ángel es un entrañable y riguroso retrato generacional en el que los personajes encarnan, no ideas y sentimientos, sino una forma de vivir.

Creo comprender más o menos lo que empuja a una persona que se siente testigo de hechos importantes a anotar asiduamente los datos pertinentes y sus propios comentarios, que lo son también sin duda, por lo menos a su juicio. Nunca he sentido que fuera ése mi caso.  Siempre he estado al margen de los centros de decisión y de los hechos notorios, nunca me he codeado con las grandes figuras y me es imposible imaginar que mi testimonio tenga algún valor objetivo.

Pero tampoco me siento muy afín a esos espíritus que fijan en el papel los acontecimientos nimios de sus vidas privadas, sin duda para ulteriores evocaciones íntimas, o que exploran interminablemente los matices, las sutilezas y las irisaciones de su ánimo, supongo que por deseo de conocimiento y no sólo por autocomplacencia. Son cosas a las que unos cuadernos como éstos, proseguidos a lo largo de muchos años, pueden acercarse a veces, pero que en todo caso están lejos de caracterizarlos.

     Advierto pues al lector que si espera encontrar aquí alguna información útil, biográfica o histórica, o alguna visión instructiva de la actualidad de tal o cual época, o las sabrosas anécdotas que tanto satisfacen a los espíritus ágiles, no podrá sino quedar gravemente defraudado. Y sin embargo puede decirse que hay un poco de todo eso en estos cuaderno.

 

 

 

 

 

Franquistas al banquillo, pero en Argentina

Franquistas al banquillo, pero en Argentina

En España no fue posible. En Argentina sí. El país sudamericano retomó las exigencias de justicia de las víctimas de la dictadura franquista, opositores al régimen sometidos a lo peor del repertorio de la tortura y a quienes Baltasar Garzón intentó representar, sin éxito.  Ahora una juez argentina  —basándose en principios universales que consideran esos delitos como crímenes de lesa humanidad— pidió en extradición a cuatro de los más conspicuos torturadores de ese régimen que, a cuatro décadas de desaparecido, sigue siendo una llaga.

Alejandro Gutiérrez

Madrid.- “No es alto ni fuerte. Como persona se ve muy poca cosa. Su cara tiene un aspecto infantil (resaltan sus ojos saltones, bolsas bajo los ojos, cejas pobladas, el labio superior caído, boca pequeña y cabello ondulado); sin embargo es un tipo siniestro y retorcido que disfrutaba martirizando a los detenidos, cobijado por la impunidad” de la dictadura, dice María Rumín, quien fue torturada durante el régimen de Francisco Franco.

A petición de Proceso Rumín y Jesús Ramírez Barrio —otra víctima de la dictadura franquista (1939-1975)—  describen a Juan Antonio González Pacheco, uno de los agentes de la Brigada Político Social (BPS), la policía política de Francisco Franco, como un torturador brutal, llamado por sus víctimas Billy el Niño, en alusión a Billy the kid.

A 40 años de haber sido sometida a golpes e interrogada en las mazmorras de la Dirección General de Seguridad siendo una estudiante de 17 años, Rumín añade: “Era un hombre con profundos complejos y los reflejaba en su desmedida violencia, al igual que toda la policía política, responsable de la represión y del trabajo sucio desapareciendo, torturando y asesinando a cualquiera que mostrara la más mínima oposición al régimen.

“Para ellos (la BPS), nosotros no éramos antifascistas, éramos putas, maricones, escoria social, y ellos podían hacer con nosotros lo que quisieran. A Enrique Ruano, (estudiante de Derecho, la BPS) lo tiró por la ventana (de un séptimo piso). Éramos menos que nada, antipatriotas”, añade.

Rodríguez Barrio, hoy profesor universitario de economía, explica que Billy, el Niño “era un tipo pequeño, desagradable, pero muy histriónico con una personalidad retorcida, gritaba agresivamente y continuamente utilizaba su pistola para amenazar y golpear”.

El entrevistado tuvo esa arma en la cabeza varias ocasiones en los interrogatorios a los que fue sometidos las tres veces que lo detuvieron  —en 1972, 1974 y 1975—  por participar en manifestaciones de protesta. Realmente Billy el Niño disfrutaba haciendo sufrir a la gente, se le veía en el rostro esa expresión burlona, de satisfacción”, recuerda.

“(Entre los sectores de la oposición a Franco) todo el mundo lo conocía o sabía de él; se hizo célebre como torturador e infiltrándose en el movimiento estudiantil. Era ostentoso en sus formas y hacia daño más allá de lo necesario”, dice a este semanario.

Los testimonios de Rumín y Rodríguez Barrio forman parte del proceso penal que la justicia argentina inició contra los crímenes de franquismo, perpetrados desde 1936 y hasta el 15 de junio de 1977, 19 meses después de la muerte del dictador.

Nota completa en:

Proceso. Nº 1929.  20 de octubre de 2013. Págs. 65-69.

“Después del exilio: permanencia o retorno”, primer seminario de la Cátedra Cataluña-México

Cátedra CATALUÑA-MÉXICO

PRIMER SEMINARIO

“DESPUÉS DEL EXILIO: PERMANENCIA O RETORNO”

9 de octubre de 2013

DIRECTORAS: Mercè Boixareu Vilaplana y  Alicia Alted Vigil

COMITÉ ORGANIZADOR: Carmen Tagüeña, Ma. Luisa Capella, Rina Martínez, Aída Herce, Amanda Rodríguez  y Cristina Rotger

LUGAR: Centro UNED México/ UNED “Nou Barris” Barcelona (transmisión en vivo)

10.00h – 10.10h  Bienvenida y Presentación en México. Permanencia.  Mª Luisa Capella

10.10h –  11.30h  Ponencias

  • José María Espinasa. Poeta, ensayista, editor.

El lenguaje como permanencia

  • Arcadi Artís. Arquitecto, Presidente del Orfeó Català.

La herencia del exilio en la primera generación mexicana

  • Martí Soler. Poeta, editor del Fondo de Cultura Económica

El grupo político, ¿quedarse o volver?

11.30h- 11.50 h   Debate

11.50h – 12.00h  Café

12.00h – 12.10h  Presentación en Barcelona. El retorno. Mercè Boixareu

12.10h – 13.30h  Ponencias

  • Montserrat Casals. Periodista e historiadora

El retorno de los intelectuales 

  • Albert Torres. Vice-presidente de la Asociación Cultural MEXCAT

Los otros retornos

  • Sonia Subirats. Presidenta de la Asociación “Hijos y Nietos del Exilio Republicano”.

El retorno de los hijos y nietos

13.30h – 14.00h Debate y clausura

 

CRÉDITOS: 0,5 créditos y 1 crédito de libre configuración (para alumnos de la UNED)

INSCRIPCIÓN A WWW.UNEDBARCELONA.ES PARA LA OBTENCIÓN  DE CRÉDITOS

Confirmar asistencia: info.uned.mexico@gmail.com con Aida Herce y

asistente.uned.mexico@gmail.com con Amanda Rodríguez

 ENTRADA SIN COSTO

Únicamente con registro previo)

 

CENTRO DE LA UNED EN MÉXICO

Calle Hamburgo, 6 esquina Berlín. Col. Juárez. Del. Cuauhtémoc, 06600

México, D. F. México Teléfono 12090700 ext. 112

 

Exhibe el Antiguo Colegio de San Ildefonso el contenido de “La maleta mexicana”, una serie de fotografías sobre la Guerra Civil Española

Ery Cámara, Gabriela Breña y Jorge de Hoyos Puente/Conaculta.

  • Por primera vez en América Latina se exhibirá la colección de fotografías de la Guerra Civil española, con la cobertura que realizaron Robert Capa, David Seymour Chim y Gerda Taro

  • Un total de 250 imágenes, documentos facsimilares y audiovisuales acercarán al espectador a la historia de la Guerra Civil Española y al fotorreportaje realizado a finales de la década de los 30.

El Antiguo Colegio de San Ildefonso exhibirá La maleta mexicana. El redescubrimiento de los negativos de la Guerra Civil española de Capa, Chim y Taro, del 8 de octubre de 2013 al 9 de febrero de 2014, en la que el espectador tendrá la oportunidad de acercarse al conflicto vivido en España entre los años 1936 y 1939 y al trabajo de fotorreportaje realizado en dicho periodo.

En conferencia de prensa Gabriela Breña, coordinadora ejecutiva interina del recinto museístico, comentó que la muestra, realizada con la curaduría de Cynthia Young y organizada por el International Center of Photography (ICP) de Nueva York, se mostrará por primera vez en un país de América Latina.

“Es para nosotros un honor que el Museo de San Ildefonso presente esta exposición para compartirla con el pueblo de México, porque aunque está curada enfocándose en la historia de los tres fotógrafos, nosotros quisimos darle un toque más relacionado con la historia de México y España, por ello se encontrará una breve introducción sobre lo qué fue la segunda república española, y el por qué los exiliados llegaron a México en 1939”.

Ery Camara, coordinador de exposiciones del inmueble, explicó que La maleta mexicana es una caja que contenía 4 mil 500 negativos de Robert Capa, Gerda Taro y David Szymin, conocido como Chim, cuyo contenido relata la cobertura que realizaron de la Guerra Civil española.

“Ellos se desplazaban en todos los frentes en apoyo a los republicanos, la mayoría de sus imágenes fueron usadas en la propaganda republicana y dieron a conocer la mundo entero la complejidad de este conflicto bélico, mostrando no sólo los enfrentamientos, sino también la vida cotidiana que imperaba en la República Española”.

La maleta desapareció en 1939 y apareció en México en 2007, Ery Camara relató que Capa y sus colegas reunieron los negativos en una caja y se los dieron a Emérico Chiki Weisz, su laboratorista, quien hizo todo para que la maleta estuviera a salvo, entregándosela a alguien no identificado. Tiempo después la maleta aparecería entre las pertenencias del general Francisco Aguilar González, embajador en Francia, a su regreso a México. Su hija los legó al cineasta Ben Tarver, quien los entregó a familiares y fundaciones de los tres fotógrafos.

El coordinador de exposiciones comentó que el material ayuda a rectificar la historia de los tres fotógrafos, verificar algunas atribuciones y muestra los ámbitos que abarcó el conflicto. “No sólo son los bombardeos o el movimiento de las masas hacia la frontera para salvarse, es también el rescate del patrimonio cultural, la vida doméstica que imperaba en los pueblos y la presencia de inocentes, niños y gente mayor que buscaba tener salida frente a este conflicto”, expresó.

Gracias a una labor de rescate y restauración de los negativos que no se vieron en 70 años, realizada por la CIP, se pudo identificar la mayoría de los documentos y digitalizarse.

“A partir de ese trabajo se hizo un guión para dar a conocer el recorrido de los fotógrafos a lo largo del territorio español, así como el estilo de los fotógrafos y cómo trabajaban con las agencias”, comentó Ery Camara.

La museografía de la exposición, que llega a México con una introducción sobre el proyecto político de la Segunda República a cargo del historiador Jorge de Hoyos, investigador asociado del Ateneo Español de México; presenta 250 piezas y sigue de manera cronológica los sucesos acontecidos en los procesos de la Guerra Civil Española, ilustrados con las imágenes inéditas del conflicto armado encontrados en la maleta.

Los negativos, que en la muestra se presentan como una reimpresión actual de las hojas de contacto ampliadas, muestran por primera vez el orden en el que se tomaron las imágenes y en algunos casos llegan a contar la totalidad de alguna historia específica.

Con el objetivo de mostrar el contexto social, económico y político de los sucesos capturados en las imágenes, se exhiben en vitrinas documentos facsimilares de la época, como cartas, comunicados e impresos publicados por la prensa internacional que incluye el trabajo foto periodístico de los fotógrafos: Capa, Chim y Taro.

“El público tendrá la oportunidad de revisar la Guerra Civil española y el trabajo del fotorreportaje en ese periodo de la modernidad en donde tanto la foto y el cine se volvieron en elementos esenciales para transmitir las noticias”, puntualizó Ery Camara.

Alrededor de esta exposición se realizarán una serie de actividades como charlas, mesas redondas, cine debate, teatro participativo, encuentro de poesía coral, conferencias y como elemento adiciona se integró un salón de proyección en la que se exhibirán películas en torno a la Guerra Civil española.

La maleta mexicana: El redescubrimiento de los negativos de la Guerra Civil española de Capa, Chim y Taro, se exhibirá del 8 de octubre de 2013 al 9 de febrero de 2014 en el Antiguo Colegio de Dan Ildefonso, ubicado en Justo Sierra 16, Centro Histórico. Horarios: martes de 10:00 a 19:30 horas y de miércoles a domingo de 10:00 a 17:30 horas. Admisión general 45 pesos.

Con información de Conaculta.

20 años en Caracas: El exilio arquitectónico de Rafael Bergamín

Ateneístas y amigos:

Nos complace invitarlos a la conferencia sobre el exilio arquitectónico de
Rafael Bergamín, que Henry Vicente Garrido dictará en el Ateneo Español de
México, el próximo jueves 3 de octubre de 2013, a las 19:00 horas.

Los esperamos, como siempre, en Hamburgo 6, esquina con Berlín, Col.
Juárez.

Henry Vicente Garrido

Decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Simón Bolívar.
(Venezuela). Es curador de la exposición Arquitecturas Desplazadas.
Arquitecturas del Exilio Español.

Presentan: Xavier Guzmán Urbiola y Juan Ignacio del Cueto Ruiz-Funes.

 

Refugiados españoles en Francia y México. Un estudio comparativo

Queridos socios y amigos:

La Cátedra México-España, de El Colegio de México, y el Ateneo Español de México invitan a la presentación del libro

 Refugiados españoles en Francia y México. Un estudio comparativo.

de la doctora Claudia Dávila V. (Universidad Autónoma de Yucatán).

Presentan: Jorge de Hoyos Puente (Universidad de Cntabria-Colmex; Philippe Ollé-Laprune (Casa Refugio Citlatépetl) y Marco Aurelio Torres (Seminario México-España, Colmex).

 La entrada es libre y gratuita.

Vino de honor.

 Los esperamos el martes 1° de octubre, a las 19:00 en Hamburgo N° 6, esquina Berlín. Col. Juárez.

 

Humanista entre libros

 Humanista entre libros

Vicente Quirarte

 Algunos de mis más distinguidos profesores y compañeros  de generación se reúnen para conversar con el doctor José Moreno de Alba. Con  justicia recibe el nombre de homenaje pero, como me atrevo a pensar que sería su  deseo, es un taller cuyos participantes resaltarán aquello que más le place:  trabajar, meditar y discutir sobre temas a cuya enseñanza e investigación ha  dedicado, profesionalmente, la mayor parte de su vida. Algunos de mis colegas  presentes pueden dar testimonio del sufrimiento que para los aspirantes a  poetas o críticos literarios, que rompen sus lanzas en la Facultad de Filosofía  y Letras, la lingüística y sus afluentes se nos presenta como una orografía  indescifrable. Sin embargo, con el paso del tiempo, varios hemos aprendido a  amar la poesía subyacente debajo de la exactitud, la importancia que para la  mejor respiración de la lengua tiene la evolución de las palabras y el  conocimiento de las estructuras profundas del lenguaje. En segundo lugar, expreso  mi gratitud porque la ocasión me permite expresar públicamente mi  reconocimiento y mi afecto a un universitario que ha dejado huella de  honestidad, rigor y transparencia en todos los escenarios donde sus múltiples  talentos han exigido de su capacidad académica y directiva.

Cuando Pilar Maynez me invitó a este Congreso,  inmediatamente le dije que el título de mi trabajo sería “José Moreno de Alba,  humanista entre libros”. No escapaba a mi atención —ni escapa ahora— la  obviedad humillante de la frase. A combatir ese lugar común trataré de dedicar  los siguientes minutos. Decía José Joaquín Fernández de Lizardi que no todos  los que saben leer saben leer. En principio, parecería obligación ineludible  que el humanista formado en los libros y para los libros debiera serles fiel en  el significante y en el significado, es decir, vivir con ellos y cuidarlos con  la misma pasión e inteligencia con la cual ellos le sirvieron.  Desgraciadamente, lejos estamos de semejante utopía. El imperio bucanero de la  fotocopia y de la red —cuyas bondades no cabe aquí poner en discusión— ha  provocado un paulatino desprecio por esa criatura viva bautizada libro, y que  así será llamada a pesar de los mercadotécnicos que intentan darle el nombre de  soporte papel.

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 En el Telde, Tenerife, 2007 © Cecilia Gutiérrez

José Moreno de Alba, capitán de fragatas y galeones  universitarios que exigieron de él conocimiento de corrientes y huracanes, fue  durante ocho años director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas.  Desde un principio, sin perder la esencia de un Instituto que forma parte del  Subsistema de Humanidades, estableció claramente que, no obstante estar a cargo  de la unam, la Biblioteca Nacional  no era otra biblioteca de nuestra institución —que cuenta en sus diversas  instalaciones con espléndidas colecciones y servicios— sino el repositorio de  la memoria de un país rico en sus logros y contradicciones, en sus ensayos  políticos y sus lentas pero permanentes conquistas. Ingresaba de tal modo al  gremio de los tolerados, de aquellos  que sin ser bibliotecarios de profesión tienen como objetivo llevar a buen  puerto la memoria del país, contenida en los acervos de la Biblioteca y la  Hemeroteca Nacional. Aceptó el desafío y desde un principio comprendió que su  función principal residía en comprender que una biblioteca no es una  acumulación de páginas momificadas, sino una riqueza, como la del lenguaje, en  constante transformación. Para hacerla accesible era necesario utilizar las  armas de la técnica sin perder la raíz humanística. Bajo su administración, dio  comienzo la automatización de la memoria nacional y el catálogo se inscribió en  las bondades electrónicas. Las ahora venerables tarjetas, ya casi marfileñas,  que fueron durante muchos años la guía para navegar por tal océano, fueron  sustituidas por signos que llegaban, con la velocidad evidente de la luz, a los  ojos y el intelecto del usuario. De la misma manera, era indispensable que los  materiales tuvieran la conservación y la accesibilidad necesarias. Para llegar  al momento en que Moreno de Alba se enfrentó a la delicada responsabilidad de  preservar semejante riqueza, es necesario recordar que en 1979, como parte de  los festejos del cincuentenario de la autonomía universitaria, fueron inauguradas  las soberbias instalaciones del Centro Cultural Universitario, que incluían el  edificio conocido como Unidad Bibliográfica, sede de la Biblioteca Nacional,  así como de la planta académica del Instituto de Investigaciones  Bibliográficas. Concluía de tal modo una etapa heroica y fundamental del  venerable ex convento de San Agustín, formador de varias generaciones de  lectores hedonistas y de investigadores profesionales. Con todo, las  publicaciones más antiguas, aquellas que formaban el fondo de origen y lo que  se conocía como fondo reservado, permaneció en el antiguo edificio. El tiempo y  los elementos exigieron instalaciones que garantizaran la preservación y el  acceso de los materiales. De acuerdo con el Diccionario de autoridades, reserva “metafóricamente vale por arte o cautela para no descubrir el interior”. Reservar es también sinónimo de “restringir, limitar, o no comunicar alguna cosa o el  ejercicio de ella”. Sin embargo, en su primera acepción, reserva significa “guarda o custodia que se hace de alguna cosa, o prevención de ella  para que sirva a su tiempo”. Tal es el sentido más noble que desde su  concepción tuvo el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional: encontrar o  construir un sitio adecuado para depositar, conservar y consultar adecuadamente  aquellos materiales que por su antigüedad y rareza, y debido al tiempo que  llevan de vivir en compañía de los hombres, precisan, en varios sentidos, de  mayores cuidados.

Para cumplir cabalmente con tal objetivo, el doctor  Moreno tuvo entrevistas, firmes y convincentes, con autoridades universitarias  y federales. El resultado fue la obtención de recursos para construir un nuevo  edificio —al lado del original— que alojaría al Fondo Reservado. Sin la  publicidad que las administraciones faraónicas necesitan para justificar sus  excesos, el edificio fue inaugurado y puesto en funcionamiento. Actualmente, es  uno de los orgullos de la Universidad, y la prueba fehaciente de que nuestra Casa  tiene los elementos para custodiar y ofrecer de la mejor manera el acervo que  la nación le ha encomendado. El mérito indiscutible del proyecto se halla en  José Moreno de Alba y en el rector José Sarukhán. Ambos comprendieron la  delicada responsabilidad que para nuestra institución significaba conservar en  las mejores condiciones el material que integra nuestra memoria como país. Las  recientes y desafortunadas afirmaciones sobre la creación de una Biblioteca  Nacional, así como la demagogia numérica del discurso oficial han dado la razón  a la clarividencia de Moreno de Alba.

Además de las tareas que cumplió puntualmente como  director del Instituto, el doctor Moreno encabezó varias ediciones que ya  forman parte de la memoria bibliográfica nacional. Bajo su administración  prosperó la Nueva Gaceta Bibliográfica, lazo de unión entre el personal  académico del Instituto. Consciente de que la bibliofilia es un arte mayor de  la memoria, encabezó el proyecto Los  impresos universitarios novohispanos del siglo XVI, en cuya presentación  establece una poética de la imprenta cuando escribe que “la tipografía es en  efecto un lenguaje. Con él puede recrearse la voz del pasado y también dejar en  cada composición, en cada selección de tipos, en la limpieza y en el empleo  meticuloso del espacio de cada hoja, la expresión personal del artista impresor,  su propia arquitectura tipográfica”. Con las técnicas de impresión de los  grandes maestros, Juan Pascoe imprimió la obra en su trapiche michoacano, con  técnicas, tipos y papel lo más próximos a los originales, del mismo modo en que  lo hizo con las fábulas de Esopo, traducidas por Salvador Díaz Cíntora, y que  forman parte del manuscrito conocido Cantares  Mexicanos, uno de los grandes tesoros que custodia la Biblioteca Nacional.  Digna de mención es también la obra Casas-bibliotecas de mexicanos, donde un  grupo de leales amadores de los libros rinden testimonio de su fe en esos  navíos que desafían la ignorancia y la intolerancia.

Imposible negar que he utilizado el tiempo que me  corresponde para hacer una defensa de la Biblioteca Nacional ante los actuales  embates de la peligrosa y frívola ignorancia de quienes detentan —por mandato  presidencial— las riendas de la cultura. Mi justificación es que el doctor José  Moreno de Alba fue, con hechos concretos antes que con declaraciones vacías, un  gran defensor de la Biblioteca, tanto cuando tuvo a su cargo la delicada  responsabilidad de armonizar esfuerzos de sus recursos humanos y materiales,  como cuando sintió el deber moral de continuar esa defensa. A raíz de la  presentación del Plan de Cultura del gobierno federal, se multiplicaron los  argumentos en torno a la creación de la Biblioteca Nacional. En su discurso, el  señor presidente quiso olvidar y hacernos olvidar que la Biblioteca Nacional de  México es una de las más generosas instituciones republicanas, establecida al  día siguiente de la victoria de Benito Juárez sobre la intervención armada de  un país extranjero. Desgraciadamente, fueron varias las voces que se levantaron  para señalar, de manera superficial y sin conocimiento de causa, la  inconveniencia de que el fondo nacional permaneciera bajo la custodia de la  Universidad. Por fortuna, hubo voces, menos numerosas pero más lúcidas, como la  de José Moreno de Alba. En una carta a Enrique Krauze, publicada en el  periódico Reforma del 30 de agosto de  2002, Moreno señalaba: “…no debe olvidarse que la unam no sólo ha custodiado y facilitado la consulta de  fondos primitivos con que contaba la Biblioteca Nacional cuando le fue  entregada, sino que la mayor parte de su acervo actual ha sido incorporado a la  Biblioteca Nacional precisamente a partir de la administración universitaria.  Estrictamente hablando, ha sido la Universidad la que ha venido formando la  Biblioteca Nacional (en sus acervos, en sus inmuebles, en su  automatización…). Sin duda, puede y debe mejorar todavía mucho. Para ello es  necesario, entre otras cosas, que el Gobierno le proporcione un presupuesto  adecuado y que éste, de alguna manera, se discrimine del que entrega a la UNAM para los servicios de educación  superior, de investigación y de difusión cultural”.

Como sus amigos y colegas saben, el doctor Moreno es  un fino y selecto contador de historias. Una de las que mejor recuerdo es aquélla  del hombre que llega a los cien años de edad. Alguien le pregunta: “¿Y cómo le  ha hecho?”. El interpelado responde: “El secreto está en no contradecir a  nadie”. “Pero es que eso no es posible”, dice el otro. “Pues entonces no”,  concluye el centenario. José Moreno de Alba es y no es como el personaje del  cuento. Lo es porque domina el difícil arte del escucha, en un mundo  contaminado que quiere exclusivamente hacerse oír. Lo es porque en todo momento  ha manifestado firmeza y fidelidad a sus convicciones más profundas. Un repaso  de su hoja de vida —como se llama en español colombiano al curriculum vitae— lo muestra, desde muy joven, frente a  responsabilidades académicas que le exigían cada vez mayor rendimiento  intelectual, pero también ante responsabilidades administrativas que reconocían  la rectitud de su juicio, su integridad y su firmeza. En la plenitud de su capacidad  intelectual, el doctor José Moreno de Alba disfruta en este momento de las  recompensas de su carácter que es destino. Agradezcamos su defensa del libro y  del lenguaje, “ese océano sin fin totalmente creado por el hombre” y que en él  tiene a uno de sus más leales custodios.

_  El primero de octubre de 2002  tuvo lugar un Encuentro de Lingüística en la ENEP Acatlán, cuyo resultado fue  el libro Estudios de lingüística y  filología hispánicas en honor de José G. Moreno de Alba, publicado por  nuestra Universidad. En esta ocasión, Vicente Quirarte escribió esta semblanza,  centrada en el papel del distinguido Emérito como director de la Biblioteca  Nacional. De ahí el tiempo presente de su escritura.

Revista de la Universidad de México

N° 115 Spetiembre 2013

 

 

El Exilio Español y el montañismo en México

El Exilio Español y el montañismo en México

Actualización el archivo fotográfico de Fernando Lipkau Echeverría 

Considerado como uno de los testimonios estéticos más significativos en el ámbito de la fotografía análoga del siglo pasado, el registro fotográfico que Fernando Lipkau Echeverría reunió a lo largo de tres décadas, se convirtió en un rico legado que las nuevas generaciones  valoran porque recupera las imágenes arrebatadas por el cambio climático y, al mismo tiempo, coloca en perspectiva el indomable espíritu de la diáspora ibérica.

En compañía de otros refugiados españoles —Joaquina Rodríguez, Neus Espresate, Augusto Fernández, Ramón y Carmen Espinasa—  Fernando Lipkau trazó rutas de acceso en terrenos inexplorados aun por los propios alpinistas mexicanos, para forjar con sus paisanos un entrañable lazo de amistad que se fortaleció en las cumbres del Pico de Orizaba, el Popocatépetl e Iztaccíhuatl.

Así, la exposición fotográfica que Elisa Lipkau Henríquez presentará en el Ateneo Español de México, rinde homenaje a la amistad que unió a este grupo de alpinistas españoles merced a sus ideales de justicia y libertad con los que enfrentaron la imposición del fascismo; pero sobre todo, gracias a la hermandad prevaleciente en el Club Eugenio Mesón de las Juventudes Socialistas Unificadas de España.

Recuperación digital y curaduría de Elisa Lipkau Henríquez

Con la colaboración de Carls Hahn

A partir de esta semana, el servicio de consulta en la biblioteca se prestará de lunes a jueves.

Apreciables asociados y amigos: 

A partir de esta semana, el servicio de consulta en la biblioteca y el archivo del AEM se prestará de lunes a jueves con el mismo horario con el que hemos venido trabajando: de 10:00 a 18:00 hrs.

    Asimismo, me permito informarles que los materiales que se encuentran en la biblioteca general  –planta baja–,  podrán consultarse un día después de que sean solicitados por el usuario.

   Los cambios arriba mencionados se aprobaron en la última reunión de la mesa directiva del Ateneo Español de México, y tienen como propósito brindar un mejor servicio a los usuarios.

Atentamente:

Juventina Herrera Dublán

Directora de la Biblioteca y el Archivo