Juan Ignacio del Cueto Ruiz-Funes, nuevo director de la Facultad de Arquitectura de la UNAM

El Ateneo Español de México A.C. felicita a Juan Ignacio del Cueto Ruiz-Funes por su nombramiento como director de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México (FA-UNAM), durante el periodo del 2021 al 2025, designación a cargo de la Junta de Gobierno de la UNAM.

Del Cueto Ruiz-Funes

Del Cueto Ruiz-Funes fungió como vicepresidente de la mesa directiva de esta asociación civil de 2012 a 2016. Su dedicado trabajo en recuperar el legado de los arquitectos españoles exiliados en México y Latinoamérica trasciende el ámbito de la academia para posicionarse en un ámbito social, necesario para recuperar la memoria histórica de España y México.

En 2019, con motivo de la conmemoración por los 80 del exilio republicano español en México, el Ateneo, en colaboración con Bonilla Artigas Editores y el Ministerio de Justicia de España, llevaron a cabo la reimpresión de su obra Arquitectos españoles exiliados en México.

Juan Ignacio del Cueto es Doctor en Arquitectura por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC, 1996) y egresado en 1986 de la facultad que dirigirá durante los próximos cuatro años. Especialista en Historia de la Arquitectura del Siglo XX, sus estudios se han centrado en la labor de los arquitectos del exilio español en México, en particular de Félix Candela.

Asimismo, cuenta con una amplia trayectoria como docente, investigador, autor de publicaciones bibliográficas y hemerográficas, ponencias, además de colaboraciones como curador de exposiciones, a lo largo de más de treinta años. También fue editor de la revista Bitácora-Arquitectura de 1999 a 2004, y en 2011 recibió el “Premio Juan O’Gorman al Mérito Profesional por Investigación”, otorgado por el Colegio de Arquitectos de México y la Sociedad de Arquitectos Mexicanos (CAM-SAM).

Fungió como curador de la exposición “Presencia del exilio español en la arquitectura mexicana” realizada para conmemorar el 75 aniversario de la llegada de los refugiados republicanos a México, la cual se presentó en el Museo Nacional de Arquitectura del Palacio de Bellas Artes en 2014.

La transmisión de la toma de posesión será el próximo lunes 22 de febrero a las 10:00 a través de youtu.be/PCdPGC3NJR0

Conmemoramos los 120 años del natalicio del escritor Ramón J. Sender

Ramón José Sender Garcés, más conocido como Ramón J. Sender, fue un importante novelista español de la posguerra, quien figura entre los escritores de la llamada «literatura española en el exilio».

Con tan solo 17 años, Ramón Sender se inicia como escritor elaborando artículos y cuentos para diarios como El Imparcial, El País y La Tribuna. A los 21 años realizó el servicio militar en Marruecos e incursionó en el periodismo con publicaciones radicales y de índole denunciatorio, entre los que destacan Imán (1930); O.P. (Orden Público) (1931); Siete domingos rojos (1932), por mencionar algunos.

Tras la guerra civil española se ve forzado a exiliarse, por lo que se dirige a México en 1939, donde fundaría Ediciones Quetzal, editorial en la que publicó diferentes novelas de su autoría. En 1942 viaja a Estados Unidos donde residió el resto de su vida. En este país se desempeñó en diversas universidades como docente. En septiembre de 1947 tomó posesión de la cátedra de Literatura Española de la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, de la que estuvo a cargo durante dieciséis años seguidos.

Su producción literaria fue copiosa, con una lista de casi 100 obras. Sobre el tema de la guerra civil dedicó escritos como Contraataque (1938), El rey y la reina (1947), Los cinco libros de Ariadna (1957), Réquiem por un campesino español (1960), primero publicado como Mosén Millán en 1953, así como las últimas tres novelas de su enealogía Crónica del alba (1942-1966).

Hoy 3 de febrero se le recuerda por su gran aportación literaria y el mejor homenaje es acercarse a sus obras.

Fotografía obtenida del sitio web escritores.org

Para Angelina Muñiz-Huberman, la palabra tiene una dimensión sagrada

El pasado 14 de enero del presente año, Angelina Muñiz-Huberman, distinguida y querida asociada de esta institución, quien además durante muchos años integró la Mesa Directiva, ingresó como miembro de número a la Academia Mexicana de la Lengua.

Compartimos un fragmento de la entrevista publicada por el periódico La Jornada, con motivo de dicho nombramiento.

Para Angelina Muñiz-Huberman, la palabra tiene una dimensión sagrada

2021-01-29 08:56

El 14 de enero se dio a conocer que Muñiz-Huberman ocuparía la séptima silla en la Academia Mexicana de la Lengua.

Ciudad de México. La lengua es la manera de expresarse, la palabra, la letra, la vida misma, y lleva así la historia de la humanidad; ahí entra la relevancia de la Academia Mexicana de la Lengua (AML): la posibilidad de creación de nuevas palabras”, expresa Angelina Muñiz-Huberman a propósito de su nombramiento en la séptima silla en esa institución, lugar precedido por el historiador Miguel León-Portilla, fallecido en 2019.

La decisión de su nombramiento se dio a conocer el 14 de enero; a partir de ese momento, la poeta y ensayista deberá participar en las próximas 10 sesiones de la academia, con voz, pero sin voto. Al cumplir ese periodo, ofrecerá su discurso de ingreso.

En entrevista con La Jornada, la catedrática señala que es un gran honor y una responsabilidad, pues se trata de una “reunión entre pares. A todos nos interesa lo que el otro está escribiendo o investigando; es parte de nuestra profesión y luego va a redundar en toda la sociedad.”

Acerca de que pocas mujeres se hayan incorporado a la AML, la ensayista piensa que “siempre ha existido el predominio masculino sobre el femenino, es lo que se está empezando a corregir. Desde el siglo XIX, con las feministas en Inglaterra y en otros países, surgieron dudas respecto del acceso desigual a las profesiones, ¿por qué no?

“Es un arma para despreciar que no se les permitiera. Aún en este siglo, no dejan entrar a mujeres en las orquestas de Alemania.”

La investigadora también recuerda a Marie Curie, ganadora dos veces del Premio Nobel (física y química), y a Sor Juana Inés de la Cruz, “¿qué pasó con ella? Que no pudo entrar (a la universidad) aunque se vistió de hombre.

“Ahora, los nuevos gobiernos están tratando de poner a muchas mujeres en puestos claves; acabamos de ver en Estados Unidos a la primera mujer vicepresidenta, ¡la primera!, después de una historia que data del siglo XVIII, cuando fue la independencia de ese país.

“Por eso el lenguaje incluyente es uno de los temas contemporáneos que están ahora muy vivos y hay que estudiarlo muy cuidadosamente, hasta llegar a un consenso.”

Para leer la entrevista completa pueden consultarla en https://www.jornada.com.mx/notas/2021/01/29/cultura/para-angelina-muniz-huberman-la-palabra-tiene-una-dimension-sagrada/

Tribuna abierta

Los hijos de esos españoles que cruzaron el Atlántico buscando un lugar donde morir con dignidad nos sentimos ofendidos con esta comparación.

29/01/21. El abogado, economista y profesor de la Universidad Nacional de México, Fernando Serrano, escribe en esta Tribuna abierta para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre las declaraciones de Pablo Iglesias comparando el exilio republicano con la situación de Puigdemont.

Declaraciones de Pablo Iglesias
El Sr. Pablo Iglesias compara el exilio republicano español que se produjo en 1939 y la estancia de los republicanos en las playas francesas con la estancia privilegiada en Bélgica que está disfrutando el Sr. Puigdemont.

No quiero discutir si el Sr. Puigdemont y sus correligionarios tienen o no razón en sus pretensiones, pero lo que sí se puede afirmar es que la forma en que la llevaron a cabo no concuerda con una estructura jurídica ni con los principios legales vigentes y aprobados por el pueblo español.

Los españoles que salieron de su patria en 1939 defendieron la libertad, la justicia, y el orden jurídico. Se puede decir con razón que en la zona republicana hubo excesos, muchos excesos, pero la mayor parte de ellos, por no decir la totalidad, fueron producidos por dos grupos incontrolados que actuaban al margen del gobierno de la república.

Los descendientes del exilio español nos sentimos orgullosos del legado de honestidad, prudencia, amor a las instituciones y defensa de los principios republicanos que nos dejaron nuestros padres: el laicismo, la austeridad, la democracia y la defensa de la convivencia pacífica, que son valores que por su ejemplo calaron profundamente en nosotros.

Los hijos de esos españoles que cruzaron el Atlántico buscando un lugar donde morir con dignidad nos sentimos ofendidos con esta comparación y muchos de nosotros, aunque sintiéndonos mexicanos, hubiéramos podido solicitar la nacionalidad española que nos pertenece desde el nacimiento, pero no lo hemos hecho para no quebrantar un juramento de lealtad a una forma de gobierno y a un monarca en los que no creemos.

Los exilios.

Comparar a los exiliados de la República con esos señoritos supremacistas catalanes es más que una injusticia: es una vileza.

EL PAIS 

Por: ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, que habla tanto y tan aceleradamente, con una facundia de profesor universitario acostumbrado a encandilar y a embaucar a estudiantes incautos, debería saber que hay palabras sagradas. Exilio es una de ellas. Son palabras sagradas porque expresan de golpe una vivencia radical, en lo más íntimo y en lo público y colectivo, un trance de vida o muerte que separa radicalmente a quien lo sufre de todos los demás que se han quedado a salvo. En español exilio es una palabra más sagrada todavía, porque nuestro país ha sido más fecundo que otros en dictaduras y en persecuciones, a lo largo de los siglos. Henry Kamen dedicó un libro de extraordinaria erudición a los destierros españoles, pero se dejó llevar, en mi opinión, por un sectarismo que malograba en parte su solidez de historiador. España no ha tenido el monopolio, y ni siquiera la primacía, en la expulsión de una parte de sus habitantes. La historia del mundo, y la actualidad de cada día, es un catálogo de abusos y persecuciones, de gente que lo abandona todo para huir del hambre o del despotismo o de la muerte. Pero nuestra fisonomía como país está marcada por las cicatrices innegables de los que tuvieron que irse y los que murieron lejos, y muchas de las tumbas memorables o anónimas de nuestros compatriotas se encuentran en tierra extranjera, cuando no en el destierro más negro todavía de una fosa común. Francia tiene a sus muertos insignes bajo la cúpula de solemnidad laica del Panteón. Inglaterra celebra a los suyos en la abadía de Westminster. Los nuestros están en Colliure, en Montauban, en las laderas ásperas del barranco de Víznar, en México, en Nueva York, en Puerto Rico.

A los exiliados españoles ni siquiera después de la muerte se les acabó el exilio. A Margarita Xirgu, que murió en la generosa Montevideo, donde había vivido y trabajado durante muchos años, la iban a enterrar en Barcelona, cumpliendo su deseo, pero el infame César González-Ruano, tan admirado ahora, escribió una columna injuriosa y póstuma contra ella y ni siquiera las cenizas de Margarita Xirgu pudieron descansar en su tierra. Algunos de los encuentros memorables de mi vida lo han sido con exiliados que volvían, o con hijos de los que habían muerto en el destierro. Durante años tuve el privilegio de conversar con Francisco Ayala, de preguntarle cosas y escuchar sus respuestas, que me permitían casi ver con mis propios ojos un mundo y un tiempo en los que estaban las raíces de mi conciencia política y de mi vocación literaria. Hacia mediados de los años ochenta, en el Café Suizo de Granada, que ya tenía una atmósfera como de otro tiempo, tuve una larga conversación con Juan Marichal y Solita Salinas, los dos amables y un poco espectrales, tocados por una melancolía que era personal y también histórica, porque la derrota de la República y el exilio los habían dejado como fuera del tiempo, entre la España de la infancia y la primera juventud y la América de la vida adulta, en la que nunca habían dejado de ser extranjeros. Comparar con cualquiera de ellos a esos señoritos supremacistas catalanes que aprovecharon el dinero público de todos en una mezcla de golpe de Estado y charlotada grotesca es más que una injusticia: es una vileza.

No voy a sumarme al linchamiento cínico de los que hoy se rasgan las vestiduras porque Pablo Iglesias ha infamado la memoria del exilio y ayer mismo celebraban la decisión municipal y cainita de quitar los nombres de Indalecio Prieto y de Francisco Largo Caballero de las calles de Madrid. Si Prieto tuvo que morir en el exilio mexicano sin volver nunca a su Bilbao de su alma y Largo Caballero apenas sobrevivió un año después de su liberación de un campo nazi fue por la culpa exclusiva de un régimen vengativo al que su victoria no indujo al menor rasgo de clemencia y que hizo todo lo que pudo por seguir persiguiendo fuera de España a aquellos que habían tenido que huir para no ser encarcelados y ejecutados. Pistoleros falangistas y policías inmundos viajaban a la Francia ocupada para acompañar a la Gestapo en sus cacerías de republicanos españoles. A Manuel Azaña lo salvó su muerte rápida y la protección de la Embajada de México. Lo que nombra la palabra exilio es el vendaval de desgracia que perseguía a los españoles que habían cruzado en pleno invierno la frontera de Francia y se encontraron la crueldad de los gendarmes, la indiferencia criminal de las autoridades, el desamparo de una Europa que había abandonado a su suerte a la República española y estaba a punto de rendirse al fascismo. Antonio Machado es una presencia anónima en la multitud de los españoles perdidos por los caminos. Ilse Arturo Barea se morían de hambre en un hotel de París, en la misma calle en la que sobrevivía otro exiliado sin esperanza, Walter Benjamin.

Ahora algunos nos parece que vuelven, pero eso no es una compensación porque ellos no llegaron a saberlo. La justicia poética no es justicia. Ahora vuelve Elena Fortún, porque publica su biografía y se reedita una novela tan magistral como Celia en la revolución; vuelve Concha Méndez, que se murió de tristeza en México; vuelve Josefina Carabias, porque Seix Barral publica de nuevo su retrato de Manuel Azaña. Vuelve, incluso, Manuel Azaña, en una gran exposición de la Biblioteca Nacional. Vuelven Ilsa y Barea, y vuelve Manuel Chaves Nogales, a quien María Isabel Cintas rescató del olvido en una proeza de filología y de dignidad democrática. Hace unos meses, en la noche oscura del confinamiento, murió la inolvidable Elena Aub, que había dedicado su vida entera a reintegrar la obra exiliada de su padre a la cultura española.

Vuelven pero no vuelven. Y no vuelven porque las vidas humanas son muy cortas y frágiles, y todos ellos murieron sin saber, sin imaginar siquiera, que sus obras y su ejemplo acabarían encontrando un lugar en la memoria, en la cultura, de un país tan propenso a la amnesia como a la ignorancia. El vicepresidente segundo del Gobierno, cuya especialidad política y universitaria parece ser la palabrería embaucadora, debería ser un poco más respetuoso con la palabra exilio y no pronunciarla tan en vano como pronuncia muchas otras, olvidando tal vez la responsabilidad del cargo que ocupa, y tan poco interesado en buscar la concordia pública en estos tiempos de aflicción como algunos de los mayores hipócritas que ahora se escandalizan contra él.

Retrato de un desconocido

En aquel número de ‘Conoscenza Religiosa’ que me prestó Ramón Gaya unos poemas me deslumbraron: iban firmados por un tal Enrique de Rivas

El País

Por: MANUEL BORRÁS

07 ENE 2021 – 13:16 GMT-6

Debo agradecer mucho a la vida, y nunca es tarde para saldar esa hermosa deuda. Qué suerte haber contado y contar con los amigos y las amigas que tuve y tengo. No todos pueden decir lo mismo, más aún hoy, cuando los amigos parecen sujetos a convenciones que nada tienen que ver con la sana y desprejuiciada amistad.

Acaba de írsenos un ser singular, un amigo entrañable, un tierno cascarrabias. Un amigo con quien los tres Pre-Textos compartimos tantas andanzas. Su poliédrica personalidad fue apocada, aunque resulte paradójico, por su insigne ascendencia. Enrique de Rivas fue hijo de Cipriano de Rivas Cherif, escritor y gran animador cultural, y sobrino de Manuel Azaña. Tales nombres significantes de nuestra historia del siglo XX, unidos a su común y dramático destino, el del exilio republicano español, proyectaron sobre su obra y vida una sombra. Si le añadimos la asunción de ser el cerrado defensor del legado intelectual de su tío y del de su padre, tenemos las causas que arrumbaron su singular obra.

Debo mi larga amistad con Enrique de Rivas a Ramón Gaya. Cuántas felices tardes compartí con ellos y Cuca Verdejo en el estudio romano del pintor, quien me puso sobre su pista al prestarme un número de Conoscenza Religiosa, revista donde ambos colaboraron junto a otros destacados intelectuales italianos y europeos. Muchos de ellos —Italo Calvino, Natalia Ginzburg, Elena Croce, Elémire Zolla, Cristina Campo, Nicola Chiaromonte o el argentino H. A. Murena— fueron amigos y compañeros de empresas culturales en defensa de las libertades conculcadas por los totalitarismos de derechas y de izquierdas. Baste recordar dicha revista o la publicación Settanta, en la que fue asiduo colaborador, para corroborarlo.

En aquel número, unos poemas me deslumbraron: iban firmados por un tal Enrique de Rivas. Al devolvérsela a Ramón, quise saber de aquel poeta de apellido de resonancias míticas. Me desveló su identidad y que había sido uno de sus mejores amigos en sus solitarios años romanos, animándome a conocerlo. Lo de convertirme en su editor llegó enseguida, cuando publicamos Como quien lava con luz las cosas, su primer libro editado en España.

Luego nos frecuentamos bastante, en Roma, donde vivía, en Madrid o Valencia. Durante años, recuperó la Navidad junto con nuestras respectivas familias. Todavía recuerdo que me confesó melancólico que aquellas celebraciones familiares le habían retrotraído a su infancia madrileña y su casa, arrebatadas tras la Guerra Civil. Bajo su apariencia de despistado profesor se ocultaba un ser muy tierno del que, como buen español, no hacía ostentación. Fue un excelente conversador que narraba el pasado como un viviseccionador de la realidad y sin el cainismo patrio.

Recordamos vívidamente un recorrido alucinante, guiados de su mano, por la Roma mitraísta, recorrido que reproducía el realizado lustros atrás acompañado por su amiga María Zambrano. Varias veces compartimos mesa en su casa del Vicolo della Campanella, muy cerca del Ponte Sant’ Angelo, que en tantas ocasiones cruzamos juntos en nuestros largos paseos nocturnos por Roma, ciudad que Enrique conocía muy bien.

De hecho, su segundo libro publicado en España en Pre-Textos, Fastos romanos, refleja ese amor por la ciudad que lo acogió hasta que lo sorprendió la enfermedad que ha acabado con él en su otra ciudad de adopción, la de México, hace unos días.

Endimión en España, que escribió tras su reencuentro con la patria arrebatada, o Cuando acabe la guerra, que escribió animado por Manuel Andújar e iba a publicar una reputada editorial madrileña, pero que al final fue rechazado porque Enrique no se avino a cambiar por oportunismo los sustantivos “tío” o “padre” por los nombres de Azaña o Cipriano de Rivas Cherif, constituyen su autobiografía escrita.

Con Enrique de Rivas muere una España y un modo de entender la lealtad que ya no regresará y que nos tocará, a quienes quedamos, defender con sensatez, amor y firmeza por el bien de nuestra pacífica convivencia futura al margen de nuestra insepulta y odiosa guerra fratricida.

Las cataratas de Rulfo

Tres años antes de morir, el escritor se operó la vista y la Secretaría de Educación Pública le reembolsó los 3.750 dólares que costó la intervención.

El Pais
Por OTTO GRANADOS
05 ENE 2021 – 13:14 GMT-6

A principios de junio de 1982, dentro del festival Horizonte celebrado en Berlín y dedicado en esa ocasión a América Latina, Juan Rulfo y Günter Grass escenificaron el que según la prensa fue el “punto culminante” del programa. Ambos leyeron, de forma alternada, varios cuentos de Rulfo pero, cuando llegó su turno, el legendario escritor mexicano se percató de que había perdido sus anteojos. “Grass —recordó Juan Villoro años más tarde— le prestó los suyos. Por un milagro de la óptica, ambos usaban la misma graduación: “¡Al fin voy a poder leer con los ojos de Günter Grass!”, remató Rulfo.

Más que la ausencia de las gafas propias, lo que quizá Rulfo advertía era que, poco a poco, su ojo derecho empezaba a sufrir esa opacificación progresiva del cristalino que conduce a la pérdida total de visión y que la oftalmología llama cataratas, la principal causa de ceguera de millones de personas en el mundo. Temía tal vez, como Borges, que algún día solo le quedaran “la vaga luz, la inextricable sombra”.

Al año siguiente Rulfo, de 65 años en ese momento, decidió tratarse. El 15 de agosto de 1983, a las 3:11 pm, ingresó como el paciente número 983191-0-6 al Methodist Hospital, en el 6565 de la avenida Fannin de Houston, un prestigiado centro establecido en 1919 durante la pandemia de la influenza —la llamada gripe española—, para ser intervenido. Se registró como “novelista y escritor” y anotó como su dirección el apartamento donde vivía en la calle de Felipe Villanueva 98, en el sur de Ciudad de México. Como es habitual al ingresar a un hospital, llenó y firmó una de esas hojas donde el paciente acepta una serie de condiciones previas a una cirugía; en este caso, una mediante la cual sería extraída una catarata en el ojo derecho y colocado un lente intraocular, una técnica al parecer inventada por Harold Ridley, un oftalmólogo inglés, en 1949.

Fernando Rodríguez Miaja. In memoriam

Por: Alfonso J. Vázquez Vaamonde
Secretario primero del Ateneo de Madrid

Recibo del Ateneo de México la triste noticia del fallecimiento, a los 102 años de edad, de Fernando Rodríguez Miaja, aquel joven de 22 años que en 1939 llegara con su tío el General Miaja a México, que fue esa tierra de promisión para tantos demócratas españoles que huían de la barbarie del fascismo triunfante en España. Fue Decano del Exilio Republicano Español en México, integrante del Patronato del Ateneo Español de México, A.C. y miembro de la Asociación Civil desde 1953.

Fue aquella una guerra perdida gracias a la activa colaboración pasiva de Francia y el Reino Unido en beneficio de la Alemania nazi. Su inacción durante esos tres años fue una verdadera política de hostigamiento pasivamente activo contra la República española. Hicieron de ella el cabrito inmolado por Abraham para calmar las ansias homicidas de aquel insaciable y genocida dios nazi que era Hitler.

No regresaría a España hasta después de la muerte del dictador. Entonces ya le había sucedido su heredero, Juan Carlos I, ese rey inventado para un reino que el dictador se sacara de la manga. Con gusto, “ante Dios y sobre estos Santos evangelios”, juró que estaba dispuesto a seguir atropellando nuestro derecho a la libertad aplicando las mismas leyes del Movimiento Nacional si le entregaba la finca con todos los españoles para que se la trabajaran como animales de labor. Y eso hizo.

En alguna entrevista publicada en la prensa leí la ingenua anécdota de que cuando se produjo el inicio del golpe de Estado en África se aprovisionó de tabaco para una semana. Terrible error de cálculo en su juvenil previsión. Ya entonces Franco lo tenía todo “atado y buen atado”.

Joven oficial, teniente de Ingenieros, Rodríguez Miaja colaboró desde el primer momento como secretario de su tío, el General Miaja en la defensa de Madrid. Un Madrid donde, como en casi todas las ciudades víctimas de una guerra, se mantuvo viva la esperanza pese a los bombardeos que sufría la capital, que se consideran un simple inconveniente en una vida que, objetivamente hablando, era terrible pero donde la alegría de seguir vivo era poderosa.

Vivió la guerra en un puesto singularmente privilegiado, pues fue secretario del General Miaja durante tres años de lo cual ha dejado testimonio en varios libros de obligada lectura. Abandonaron ambos la capital pocas horas antes de que hicieran su entrada las tropas fascistas un 26.03.1939 camino de Alicante desde donde, con un mera brújula, volaron en avión hasta Orán como primera etapa de un viaje que habría de terminar en México. Allí, en Orán, leyeron aquel parte de guerra de Franco que terminaba con aquella frase: la guerra ha terminado. Lo que no advertía era que aquél mismo día empezaría el genocidio de la represión que le acompañaría hasta pocos días antes de su muerte.

En dos de sus libros, “Testimonios y Remembranzas” (México, 1997) y “El final de la Guerra Civil al lado del general Miaja” (Marcial Pons, 2015) contradice con sus propios recuerdos y documentalmente, pues conservaba los teletipos de aquellos últimos momentos, algunas afirmaciones de historiadores, Preston, Viñas, Thomas y de la Cierva, y las del golpista coronel Casado en su libro “Así cayó Madrid”.

Sólo él y su tío, el General Miaja, fueron autorizados a reunirse de Benedetti de Benedetti Tras él queda una vida dura, la de los tres años de la guerra y el dolor inmortal de un exilio del que decía Benedetti “cuando uno emprende un exilio nunca deja de ser un exiliado” y una fecunda y feliz existencia. Se casó con su prima, la hija del General Miaja, con la que tuvo dos hijos y cuatro nietos y en sus últimos años disfrutó de la alegría que proporcionan seis biznietos.

de Benedetti con el resto de la familia que estaba en Marsella camino de París. Allí tuvo un cordial encuentro con Negrín, que le ayudo a exiliarse en México y que escribió una carta que le exculpaba de toda participación en el inútil golpe del 05.03.21935 del coronel Casado, Besteiro y Mera con el vano intento de calmar las ansias genocidas de los sublevados, dado cuando no estaba en Madrid.

En aquel marzo de 1939 se vivieron momentos críticos en los que Negrín, al ser desobedecido por el coronel Casado, decidió irse con el gobierno a Francia, lo que provocó que su tío que era la máxima autoridad militar aceptara la presidencia del Consejo Nacional de Defensa porque se había producido un vacío de poder político.

Tras un breve paso por Cuba llegó a México vía Veracruz. La cordial acogida profesional que tuvo, como todos los españoles exiliados a México, le permitió trabajar como ingeniero en una empresa de arquitectura de la que acabaría siendo gerente. Su ida en México sería profundamente creativa.

Con su fallecimiento se ha extinguido una vida dura, la de los tres años de la guerra acompañada del dolor inmortal de un exilio del que decía Benedetti “cuando uno emprende un exilio nunca deja de ser un exiliado”, aliviada con una fecunda y feliz existencia. Se casó con su prima, la hija del General Miaja, con la que tuvo dos hijos y cuatro nietos; en sus últimos años disfrutó de la no frecuente alegría que le proporcionaron sus seis biznietos.

Esa simple frase de Benedetti, desbordante de amargura, debería hacernos reflexionar sobre el mal trato que estamos dando dentro de nuestra discreta opulencia, todo depende de con quién nos comparemos, a todos los inmigrantes, unos exiliados por razones de guerra y otros no.

La simple ansia de querer vivir con la dignidad a la que tiene derecho cualquier ser humano legitima también el exilio por motivos económicos; el que se rechaza en nombre de una viciosa insolidaridad. El pecado original nunca cometido de haber sido dado a luz en el país equivocado no tiene por qué pagarlo la víctima. Una víctima arrojada y generosa dispuesta a crear cuanta riqueza pueda en agradecido beneficio a quienes te han acogido fraternalmente, como paso con México. Además de una actitud insolidaria, es una torpeza económica.

En una de sus rimas se lamenta Bécquer, un viejo ateneísta, desde su título: ¡Qué solos se quedan los muertos! No es cierto. Rodríguez Miaja, como los pocos exiliados que aun queden vivos, como todos los exiliados que ya han fallecido, seguirán eternamente acompañados del recuerdo de los que supimos de su exilio y les entregamos un aprecio que, no de haber estado separados 4.000 km, hubiera podido ser más estrecho.

 

Fernando Rodríguez Miaja: 103 años de memoria de la República española y el exilio mexicano

El último oficial de la Junta de Defensa de Madrid, secretario del general Miaja, muere en la ciudad de México, que lo acogió desde los 22 años.

Nota publicada por el diario El País
Por Carmen Morán Breña 

México- 02 de diciembre de 2020

El ingeniero Fernando Rodríguez Miaja quería que en su funeral se contara un chiste que a él le divertía, un chiste picante de una pareja de novios. De haber podido lo habría contado él mismo, lúcido como se despidió de la vida a sus 103 años, apenas dos días después de haberle pedido a su hija que le encargara una buena fabada asturiana. También dejó dicho que quería ver publicada su esquela en los periódicos antes de morirse. Estas cosas no tienen gracia cuando uno ya es solo cenizas, pero la familia ha querido reservarse un poco de humor en ese trance, se lo debían a un hombre que no dejó de reírse nunca, ni siquiera cuando las bombas destruían Madrid al final de la Guerra Civil y Fernando jugaba a despistarlas con un amigo: “Crucemos corriendo a otra calle, que nos da tiempo antes de que caiga la siguiente”. El teniente ingeniero Rodríguez Miaja, decano de los exiliados españoles en México y probablemente el último oficial de la Junta de Defensa de Madrid, murió el pasado viernes en la capital de la que fue su patria desde los 22 años. Su nieto contó el chiste de la pareja de novios.

A sus dos apellidos, el joven Fernando, nacido en Oviedo, tuvo que sumar siempre una coletilla, “sobrino de José Miaja”, el general que defendió Madrid de las tropas franquistas. Al lado de aquel hombre pasó su vida entera como secretario personal y más tarde como yerno, porque se casó con Pepita, su prima, una mujer refractaria a los chistes e infradotada para cualquier sentido del humor. Parece una broma. Fueron felices. De aquel matrimonio nacieron Margarita y Fernando, que este martes depositaron sus cenizas en el columbario de la iglesia de Covadonga de la capital mexicana, con unas flores republicanas: roja, amarilla y malva. La misma bandera que cubrió su féretro en el velatorio. Ahora descansa al lado del general, los dos juntos a ras del suelo, en una esquina, poniéndoselo muy difícil a quienes hoy quieran seguir las huellas de los grandes hombres y mujeres que defendieron España de aquella guerra atroz que los expulsó para siempre.

Familiares de Fernando R. Miaja, decano de los republicanos Españoles exiliados en México, que falleció el día 26 de noviembre del 2020 en la Ciudad de México depositando sus cenizas en la Iglesia de Covadonga CDMX

El exilio en México “formó un clan cerrado, una especie de tribu cuyos miembros eran conscientes de los inatacables valores republicanos, con una moral y una manera de ser propias, que se empeñaron en dar testimonio y ejemplo de lo que perdieron, del laicismo y la honestidad. Fernando era el prototipo de todo aquello. Educado y elegante, prudente y formal: un caballero español”. Así lo recuerda su amigo Fernando Serrano Migallón, que comía con él un día de cada mes. “Creyente sí, pero anticlerical, como buen republicano sentía repelús por las sotanas”, añade. No viajó a España ni para la muerte de su madre, quizá habría podido entrar, pero no salir, y eso le mantuvo en México para no incurrir en la traición de visitar la tierra arrasada por el dictador antes de que sus huesos se pudrieran bajo el mármol del Valle de los Caídos.

La longevidad permitió a este ingeniero ver por televisión cómo sacaban los restos de Franco, con más pena que gloria, de aquella losa eterna. Ese día brindó en el Ateneo Español de México con champán. “Nunca es tarde si la dicha es buena”, declaraba el 25 de octubre del año pasado a este periódico. Y después, otra dosis de humor: “Yo volaría el Valle de los Caídos, pero con todo ese granito… No sé qué harán con él, pero ya sabe, dos españoles, dos opiniones”. Por entonces ya le fallaba el oído y las piernas le daban lata. La memoria la mantuvo intacta. “Siempre nos han dicho que olvidemos, pero lo que están diciendo, en realidad, es que olvidemos solo nosotros. Que olviden ellos”, decía a menudo en referencia a las dos Españas. El exilio español en México y Fernando a la cabeza, se enorgullece de seguir recordando década tras década.

Fernando Rodríguez Miaja posa para un retrato reciente.CORTESÍA

Madrid, 1939. Ya hay poco que hacer en la capital, más que salir huyendo de una muerte rápida o el holocausto en las cárceles franquistas. El general y su sobrino secretario parten hacia Alicante, donde se hacinan miles de republicanos frente al mar sin brújula ni destino. Fernando había sido delineante para una empresa de aviación en aquella ciudad mediterránea y, gracias a sus contactos, logró una destartalada aeronave y un amigo piloto. Solo faltaba la gasolina, pero la consiguieron y donde cabían seis volaron ocho hasta Orán. Después, a Francia. De allí, en barco, rumbo a La Habana con un pasaporte que les daba acogida en Nicaragua. Pero en Cuba recibieron una carta del presidente mexicano Lázaro Cárdenas para entrar en México. “Mi padre sacó al general Miaja de España, de no ser por él y por sus contactos no estaríamos hoy aquí”, dice su hijo, Fernando. Lamenta que el abuelo, “el general que tuvo en sus manos el destino de un país, esté enterrado en un espacio tan recóndito, en lugar del panteón español de México donde permaneció décadas. Pero también reclama para su padre un sitio en la historia que no esté a la sombra del viejo general. “Él era más que el sobrino de Miaja. Era un hombre inteligente, generoso, que sacó adelante a toda su familia, que somos todavía hoy herederos y beneficiarios de lo que él hizo”. Era el hombre que tomaba las decisiones.

El ingeniero Fernando Rodríguez Miaja saludando al actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. CORTESÍA

Las semanas que duró el trayecto a América, Fernando iba en el barco hablando de amores con Pepita. Se casaron, y el ingeniero, andando el tiempo, fundó varias empresas dedicadas a la construcción, carreteras, ductos, urbanismo; levantó el famoso hotel Elcano en Acapulco. “Llegó a tener a su cargo hasta a 3.000 obreros religiosamente dados de alta en la Seguridad Social, todo de acuerdo con la ley, los impuestos y las cuotas, al día”, rememora este martes su hija Margarita en la iglesia de Covadonga, la virgen de los asturianos.

Fernando Rodríguez Miaja escribió varios libros, uno de ellos El final de la Guerra Civil. Al lado del general Miaja (editado por Marcial Pons), donde pone luz sobre los estertores de la contienda, cuando las izquierdas, exhaustas, se debatían entre parar o seguir batallando. Se dio entonces el golpe de Casado, apoyado, dicen algunos historiadores, por Miaja, y en negociaciones con quintacolumnistas de Franco. El general, defienden todos en la familia, jamás estuvo al lado de ese golpe contra Juan Negrín, partidario de seguir en las armas. Y lo ilustran con fotos y recuerdos de la visita de este a Negrín en Francia, como atestigua el libro citado.

El hombre que se acostumbró a los platillos mexicanos, que todo lo picante le gustaba, incluidos los chistes, pudo por fin volver a su antigua patria, muerto Franco. Viajó con su mujer. “Mamá se ponía furiosa, porque se iba parando en cada calle, en cada esquina, en cada patio de Madrid”. Trataba de ubicar la España que había vivido, pero ya era irreconocible. Aquel país en el que pasó sus días más peligrosos, los que contaba como una película de acción y aventuras, era por entonces una piltrafa nacionalcatólica, el mismo territorio atrasado, hipócrita y biempensante que sorprendió a Max Aub y lo devolvió de nuevo a su exilio en México. Siempre creyó que la democracia no cumplió con sus deberes, “que se había perdido la oportunidad de hacer las cosas bien. Un rey, para qué, decía”, recuerda su hija.

 

Fernando Rodríguez Miaja durante sus años de servició portando el uniforme militar. CORTESÍA

A pesar de todo, casi cada año, tras morir el dictador, viajaba a la tierra donde nació. En Madrid, comía un cocido fino en el Lardhy y otro popular en La Bola, “adoraba el cocido madrileño”, dice su amigo Serrano Migallón. (Max Aub dijo en su libro La gallina ciega, donde narra su vuelta a España, que hasta el buen cocido se había perdido en Madrid) “Como decía Savater, se olvida antes una patria que su comida”, sigue Serrano Migallón. “Las tortillas de patata, una para todos y otra para mí solo”, ordenaba Rodríguez Miaja de broma en su casa de recreo en Cuernavaca. Y al nieto que pedía un tequila antes de comer le señalaba elegante: “Un Martini con aceituna, y me das a mí la mitad”.

Fueron felices los días, los años, toda una vida en México. Jugando a tenis, asistiendo a conciertos de música clásica, leyendo el Quijote por séptima vez, montando a caballo, haciendo ingenieros a sus dos hijos con altas dosis de trigonometría. Pero nunca olvidó el dolor del exilio. “Que olviden ellos”.

Fue el socio número 1 del Ateneo Español, como demuestra su carné. Allí pasaba algunas tardes hablando de política, de historia o brindando con champán por victorias póstumas. “Tenía un enorme júbilo interior, cualquier cosa, por más seria que fuera, la trataba con humor”, dice Ernesto Casanova, el presidente del Ateneo. “No lo olvidaré en mi vida. Hablar con él era una aventura”. El Ateneo le rendirá homenaje en enero.

Reía de su muerte con el mismo humor que acorazó la vida del muchacho que tuvo que ver la lluvia de bombas y metralla que caía del cielo en las ciudades de España y sembraba cementerios entre escombros y pólvora. El humor fue la herramienta que lo aisló del horror e hizo feliz a los suyos. “Si muero en España, llévenme de vuelta a México en una caja de puros”.

Flores con la bandera republicana Española delante de las cenizas del ingeniero Fernando R. Miaja en la iglesia de Covadonga.SEILA MONTES