José Luis Rodríguez Zapatero en el Ateneo Español de México

La conmemoración de los 80 años del Exilio Español que hemos realizado a lo largo de 2019 ha contado con la participación de múltiples y destacadas personalidades tanto de México como España, al grado de contar con las participaciones activas de altos funcionarios de todos los niveles de Gobierno en ambas orillas.

En ese contexto, tuvimos el muy grato honor de recibir en nuestras instalaciones al expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, quien aprovechó su estancia en nuestro país para hacer una parada en el Ateneo Español de México y recordar la memoria de aquellos que buscaron refugio a raíz de la Guerra Civil y la dictadura franquista. La recepción estuvo a cargo del presidente del Ateneo, Ernesto Casanova, acompañado por integrantes de la Mesa Directiva y el Patronato, así como por el Embajador de España en México, Juan López–Dóriga Pérez, en compañía de integrantes del cuerpo diplomático, y el director de El País América, Javier Moreno.

La visita inició en nuestro Archivo y Biblioteca, en la cual se resguarda buena parte de la memoria documental del Exilio Republicano Español en México. Ahí, el exmandatario hizo entrega de dos obsequios muy especiales que incorporaremos con mucho cariño a nuestro acervo: una copia del Decreto de Ley por la que se reconocen y amplían los derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura, conocida popularmente como “Ley de Memoria Histórica”, y una copia del Acuerdo para la ejecución de la exhumación y reinhumación de Francisco Franco.

Rodríguez Zapatero también firmó el libro de visitas distinguidas , en el que expresó su afecto por los “transterrados de su patria, víctimas de la barbarie y la violencia”; asimismo, pudo conocer algunas de las joyas documentales que resguarda nuestra asociación, como el Documento Quintanilla, donde se recoge un informe pormenorizado de los refugiados que arribaron a México a bordo del Sinaia, el Ipanema y el Mexique durante 1939.

Acto seguido, en la sala María Zambrano, se realizó un conversatorio con la participación el expresidente, así como de Ernesto Casanova y de Josefina Tomé, vicepresidenta del Ateneo, ante invitados especiales que acogieron con mucho entusiasmo al artífice de la antes citada Ley de Memoria Histórica, así como diversas iniciativas que contribuyeron a la consolidación de la democracia y la recuperación del legado del Exilio en España.

Josefina Tomé abrió la charla expresando el orgullo y la satisfacción del Ateneo por recibir a Rodríguez Zapatero en el Ateneo. Por su lado, Ernesto Casanova comentó la gran repercusión que ha tenido la conmemoración de los 80 años del Exilio Español y repasó algunos de los grandes eventos en los que hemos participado a lo largo de año: la visita de Pedro Sánchez, la participación con el presidente de México, la develación de las letras de oro “Al Exilio Republicano Español” en la Cámara de Diputados y, más recientemente, la gira que realizó por España, en la cual se logró entablar una gran cantidad de vínculos interinstitucionales que permitirán dar continuidad a las actividades de preservación y divulgación de la Memoria Histórica del Exilio.

En su intervención, el que fue presidente de España entre 2004 y 2011, dijo que “la memoria, el exilio, los transterrados, los nietos de la República, que dieron su vida, sus sueños y su entrega por un país en libertad y democracia, forman parte de lo más íntimo” de sus emociones, y comentó la gran importancia de reconocer la aportación del Exilio dentro y fuera de España.

El exfuncionario aprovechó para relatar la manera en que se vinculó con la historia de la Segunda República, la Guerra Civil y el Exilio, ya que su abuelo formó parte de las miles de víctimas de la dictadura y esto influyó en su necesidad personal de recuperar toda esta historia. Comentó que, a su consideración, hay un renacimiento de la cultura de la República en la sociedad española de la actualidad y, en gran medida, ha sido gracias a los esfuerzos de preservación de la memoria que se han hecho desde los exiliados y sus descendientes.

Para finalizar el evento, el presidente del Ateneo entregó a Rodríguez Zapatero algunos de los libros recientemente publicados, así como varias memorias de actividades que hemos realizado o en las que hemos participado como parte de la conmemoración de los 80 años del Exilio Español.

Agradecemos sinceramente a José Luis Rodríguez Zapatero por su visita al Ateneo Español de México y les dejamos el video completo de la charla:

Visita de la AIPAZ y la FIBGAR al Ateneo

 

Este 29 de octubre tuvimos el enorme gusto de recibir en nuestras instalaciones a Ana Barrero, presidenta de la Asociación Española de Investigación para la Paz (AIPAZ), y a María Romero Leal, general manager de la Fundación Internacional Baltazar Garzón (FIBGAR), quienes fueron recibidas por el presidente del Ateneo, Ernesto Casanova Caloto.

Ambas representantes de organizaciones de la sociedad civil tuvieron oportunidad de conocer nuestro Archivo y Biblioteca del Exilio Español, en el cual hojearon algunas de las joyas documentales resguardadas por el Ateneo para que puedan ser consultadas por investigadores de distintas partes del mundo.

La Asociación Española de Investigación para la Paz (AIPAZ) se constituyó en 1997 con el objetivo de analizar la paz y los conflictos desde una perspectiva multidisciplinar que abarca la eliminación de las distintas formas de violencia, la promoción de la justicia, el respeto de los derechos humanos, el desarrollo y la transformación pacífica de los conflictos. Esta Asociación se declara comprometida con aquellos valores y prácticas sociales tendentes a la construcción de una cultura y sociedad de paz.

Por su parte, la Fundación Internacional Baltazar Garzón (FIBGAR) se sustenta sobre los pilares de la solidaridad, el respeto, la promoción de los derechos humanos, la cooperación al desarrollo de los pueblos, la mediación y la lucha contra la impunidad. Sobre esas bases, FIBGAR fomenta programas para actuar desde los ámbitos de la educación, la justicia, la sociedad, la política y la cultura que defiendan y apliquen los Derechos Humanos, en defensa de las víctimas y sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación, así como para perseguir la corrupción y el crimen organizado en cualquiera de sus formas.

Entre las principales líneas de acción del Ateneo Español de México en la actualidad, se encuentra la construcción de vínculos interinstitucionales para diversificar la oferta de actividades de promoción cultural de nuestra Asociación Civil, por lo que es muy grato entablar relación con organizaciones comprometidas con el desarrollo democrático.

En su visita a nuestro país, Ana Barrero aprovecho para entregar varias cartas que serán incorporadas a la cápsula del tiempo que estamos preparando con el fin de que sea abierta en el Centenario del Exilio, por lo que manifestamos nuestro agradecimiento a las personas que colaboraron.

 

 

Encuentro del Ateneo con el Presidente del Gobierno de Aragón

En el marco de la gira de trabajo que el presidente del Ateneo se encuentra realizando en España, en esta ocasión tuvo oportunidad de reunirse con D. Javier Lambán, presidente del Gobierno de Aragón.

En la reunión se abrieron distintas líneas de colaboración para el futuro, entre ellas la producción de un documental y otras investigaciones en torno a la presencia de los aragoneses en el Exilio Republicano Español, del cual en este 2019 se cumplen 80 años.

En el encuentro, donde también estuvo presente Alberto Sabio, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, se destacó la importancia de preservar y divulgar  la Memoria Histórica del Exilio Español, a fin de que no se olviden los acontecimientos que ocasionaron que miles de españoles, entre ellos una gran cantidad de aragoneses, tuvieran que buscar refugio lejos de su país de origen.

Enviamos un sincero agradecimiento a la Presidencia del Gobierno de Aragón por el recibimiento y el entusiasmo por los futuros proyectos de colaboración con esa Comunidad Autónoma de España.

In Memoriam. Tomás Segovia

 

TOMÁS SEGOVIA

IN MEMORIAM

Recordamos al maestro Segovia con el discurso que pronunció en noviembre de 2005 cuando recibió, en la Feria del Libro de Guadalajara, el Premio Juan Rulfo.

  • Yo soy tan mal militante de la modernidad, que encuentro perfectamente legítimo que un lector me pregunte qué quiere decir un poema mío
  • Siempre he envidiado la sabiduría de las mujeres, que me parece, si no originada, por los menos históricamente alimentada por siglos de marginalidad y discriminación

Hace casi cuatro meses supe que me habían dado el premio Juan Rulfo, y todavía ahora, cada vez que pienso en ello, no puedo dejar de sentir la misma sorpresa que sentí entonces. La sorpresa, por supuesto, no excluye la gratitud, más bien al contrario: un buen regalo que no tenga algo de sorpresa parece que le falta algo, una ligereza, una alegría. Pero quien recibe un regalo inesperado no puede dejar de pensar, aunque sólo sea durante algunos segundos, que tal vez es un error y que acaso el regalo no es sólo inesperado, sino también inmerecido. Supongo que nadie irá a pensar que estoy dándome baños de modestia, o sea presumiendo de modesto, esa cosa tan groseramente contradictoria. Mi sorpresa agradecida no tiene que ver con mis méritos o falta de méritos. Buenos escritores, o sea escritores que cuentan con cierto número de admiradores más o menos espontáneos, hay todos los que ustedes puedan imaginar, y el que más y el que menos, muchos de ellos merecen algún premio, si es que los premios han de existir y si es que pueden merecerse. Por lo menos es claro que la mayoría de ellos trabajan, se esfuerzan, estudian, luchan, sufren y hacen otras cosas igualmente meritorias.

Repito: no se trata de méritos. Mi sorpresa no es que se dé un premio a un escritor con los méritos que pueda tener o dejar de tener yo, sino que ese escritor sea yo. Quiero decir: un escritor con mis características, que no es lo mismo que mis méritos. O con algunas de mis características, porque lo sorprendente no es que se me premie a mí personalmente, sino a alguien como yo.

Yo no estoy tan seguro de que los escritores y artistas merezcamos que se nos premie, se nos apoye, se nos ayude, se nos financie y se nos privilegie de diferentes maneras. O en todo caso no más que a cualquier otra clase de ciudadanos. Y menos aún de que las autoridades de los diferentes países tengan la obligación de fomentarnos y protegernos así, cuando hay tantas cosas obviamente más importantes para los intereses de esas autoridades o de esa sociedad que se supone que representan, y que yo no veo que merezcan menos que nosotros ser promovidas y alentadas. Pero si esos premios y estímulos han de existir de cualquier manera y no están a fin de cuentas enteramente injustificados, seguramente comparten algunos rasgos generales o tendencias implícitas que todos reconocemos más o menos inconscientemente o que damos por descontados sin pensar en ellos. Cuando alguien es escogido para uno de esos “estímulos”, casi todo el mundo habla de “reconocimiento” –un merecido reconocimiento, suelen añadir. A mí no me convence esa expresión. Ese uso del verbo reconocer hace pensar enseguida en reconocer los propios errores, o más bien en conceder algún punto al contrincante sin verdadera convicción, o ceder a los argumentos del otro como quien pacta una tregua. Parece que reconocer a un escritor es siempre reconocerlo a regañadientes, como si los que lo premian –y la gente en general– hubieran estado mirando obstinadamente a otro lado y por fin hubieran tenido que “reconocer” a pesar suyo que allí había un escritor. Los que nos felicitan por ese “merecido reconocimiento”, parece que nos dijeran: “Yo siempre estuve contigo; por fin hemos ganado; por fin han tenido que reconocer que eres alguien; ahora tendrán que tragarse sus palabras”.

Yo desde luego no me siento así. Creo más que nadie en el reconocimiento –anagnórisis en griego– pero no en ese sentido. Creo también que hay zonas, corrientes, actitudes que ocupan el centro y otras las márgenes, y que sus relaciones son movibles, dinámicas, en gran parte antagónicas y en muchos aspectos polémicas. Pero esa manera francamente belicista de plantear la polémica no me parece sensata. Ni todas las zonas centrales son excluyentes ni todas las zonas marginales son marginadas. Precisamente en lo primero que pienso cuando me sorprende que me premien es en que yo soy probablemente un escritor marginal pero no marginado. En ese sentido, yo me he sentido siempre “reconocido”. Más de lo que hubiera podido esperar. No reconocido masivamente, por supuesto, pero ¿quién ha dicho nunca que el reconocimiento sea cosa cuantitativa? Un premio literario, por ejemplo, –y yo no he recibido muchos; pero en todo caso más de uno como ustedes saben–, un premio literario puede suponerse que recoge el sentir de una mayoría de lectores, pero de hecho lo decide un grupo muy reducido de personas, un jurado selecto que también puede suponerse que no se pliega a las preferencias de los lectores, sino que justamente quiere sugerirles o contagiarles innovaciones o cambios en sus gustos y revelarles valores insospechados. Mi caso podría ser de ésos, puesto que mis libros nunca se han vendido ni siquiera medianamente bien.

Pero ésa es la cosa, o como dijo Cantinflas, ahí está el detalle. Yo siempre he publicado en editoriales marginales, y sin embargo mi obra ha acabado por transminar en alguna que otra editorial central. Lo cual a su vez me sorprende, ya pueden imaginárselo, porque ese logro, o esa suerte, ese “reconocimiento”, no impide que tenga que seguir recurriendo a editoriales marginales para dar a conocer mis cosas. Y entonces no tengo más remedio que pensar que esta situación peculiar, este estar en sitios a los que no pertenezco, este asomarme al centro desde las márgenes, este pasearme por el centro sin perder mi marginalidad y esta fidelidad a las márgenes sin aislarme de la centralidad es lo que puedo llamar mi destino. Yo, en efecto, nunca me he aposentado en el centro de mi época, de mi cultura, de mi ideología.

Esta época mía, nuestra, eso que solemos llamar modernidad, nace con el triunfo de la desconfianza frente al pasado. La duda, este hábito occidental, que empieza en Europa, con Descartes, siendo metafísica y trascendental, acaba aterrizando en la realidad y poniendo en duda la religión, el origen divino del poder, la autoridad de la tradición y de las creencias. Esa modernidad no tarda en afianzarse rechazando todo pasado, del que no sólo desconfía sino del que además reniega.

Yo también, naturalmente, soy moderno: viviendo en la época en que vivo, no puedo dejar de desconfiar de la religión, más virulenta hoy que en tiempos de la Ilustración; del origen divino o no, del poder; de la autoridad tradicional. Pero esa ideología recibida, unida a las circunstancias particulares de mi vida, a mí me llevó bastante pronto a desconfiar no sólo del pasado, sino también del presente y del futuro. Las grandes creencias de mi época, la exaltación de lo nuevo, la fe en el progreso, en especial identificado con el progreso tecnológico, la orgullosa convicción de que sólo ahora entendemos la realidad, la desacralización de la vida, manifestada cotidianamente en la banalización del cuerpo, del sexo y del deseo, y sobre todo nuestras prohibiciones explícitas o implícitas: la prohibición de pedir cuentas al conocimiento científico, a la idea establecida de democracia, al arte y a la poesía, todos esos presupuestos compartidos yo los miro con la misma desconfianza que las creencias y prohibiciones de la Edad Media o del Barroco. Eso también da un sentido diferente a mi desconfianza del pasado. En lugar de mirar el pasado como el lastre del progreso, la resistencia a la innovación, la ceguera o la cobardía que estrangula el cambio (que siempre es adelanto y nunca retroceso), el peso muerto del que hay que librarse para entregarse al fervor de lo nuevo; lugar de eso, decía, el que desconfía de esa desconfianza misma toma distancia frente al pasado no para condenarlo y rechazarlo sino para tratar de entenderlo, porque el pasado lo mismo que el presente, se equivoca sobre sí mismo si no toma distancia.

En la literatura y el arte, por ejemplo, puesto que se supone que ése es mi terreno, a mí me enseñaron, como a todos los modernos, que es ridículo preguntar qué quiere decir un poema, un cuadro, una escultura. Hay que cuidarse mucho de quedar como un pobre bobo inculto y desinformado haciendo esa ingenua pregunta. A mí, desde que empecé a escribir, siempre me pareció que era demasiado fácil protegerse así del juicio del lector. Era yo muy joven cuando me rebelé contra la famosa anécdota de las ostras. Un pintor moderno está enseñando sus cuadros a un buen burgués, zafio por supuesto, le dice que no entiende su pintura. El pintor le pregunta: “¿A usted le gustan las otras? -Sí, mucho. -¿Y las entiende”. No sé qué contestaría el pobre burgués, pero sé qué contestaría yo: Precisamente por eso no las enmarco y las cuelgo en mi sala o voy a contemplarlas al museo -ni pago por ellas medio millón de dólares, cosa que también tiene su importancia.

En cuanto a mí, siempre me esforcé por hacer una poesía interpretable, una poesía que tal vez algún lector encuentre difícil, porque no se trata de que sea mejor lo fácil que lo difícil, ni tampoco de lo contrario, pero una poesía que no sea impenetrable. Explicaré un poco en qué sentido digo interpretable. Interpretar no es ni definir, ni traducir a un lenguaje diferente, ni añadir significaciones arbitrarias, ni anexar lo interpretado a una teoría preexistente o creada ad hoc. Interpretar es poner en contexto. Un mensaje recibido se puede descifrar, en el sentido de descodificar, fuera de contexto, a condición de que dispongamos del código. Pero no se puede interpretar fuera de contexto. Esa burla que hacen los bien informados al pobre ingenuo que pregunta qué quiere decir una obra de arte o de poesía es un verdadero chantaje intimidatorio, con el que se coloca al arte y a la literatura a salvo de todo contacto con la impura vida de los impuros mortales, más allá de todo contexto, absoluta y sublimemente fuera de contexto.

Yo soy tan mal militante de la modernidad, que encuentro perfectamente legítimo que un lector me pregunte qué quiere decir un poema mío. No es fácil contestar, por supuesto, y es mucho más cómodo sentenciar que la poesía no se explica. Como las ostras. La respuesta muchas veces es decepcionante, y eso parece justificar que se descarte toda respuesta. Pero hay preguntas cuya respuesta es imperfecta o incluso imposible, por lo menos en el sentido de que nunca puede cerrarse o concluirse, y que son sin embargo preguntas legítimas. Sería muy grave por ejemplo que nos ridiculizaran por preguntar por el sentido de la vida, aunque es claro que nunca podremos acabar de contestar. O que nos dijeran que es muestra de incultura pedirle cuentas al gobierno, aunque bien sabemos que no nos las dará.

Pero yo soy todavía más díscolo en el redil de la modernidad. Creo en el uso de la literatura y el arte. Para empezar, en el uso en el sentido que tiene el término para los lingüistas los elementos de la lengua no tienen sentido mientras no estén puestos en contexto. Y conste que el contexto no son sólo otros elementos lingüísticos, también es con-texto el mundo al que se confronta el texto -contexto situacional lo llaman ellos. Y si el poema toma sentido en el contexto del mundo real, es claro que al lector le sirve para iluminar o siquiera confrontar ese mundo real. Ese uso de la poesía, que es su verdadera interpretación, es el que practicamos por ejemplo cuando, en el contexto de una emocionante bocanada que sale de algún viejo portal, llamamos a eso, casi involuntariamente, “el santo olor de la panadería”; o cuando, al recordar un palpitante episodio de nuestra infancia, nos sorprendemos  susurrando “Mi frente aún está roja del beso de la reina” o cuando al acercarnos a los lugares inquietantes de nuestros abuelos, escuchamos una voz casi ultramundana que nos está contando “Vine a Comala porque me dijeron que aquí murió mi padre” Eso es poner en práctica la poesía, porque el uso es una praxis, la implicación del mundo real, el abrazarse del pensamiento con la “rugosa realidad”, para decirlo con palabras de Rimbaud, usando así un poema más.

Puede decirse pues que aunque yo tenga alguna presencia, alguna nebulosa existencia en los lugares centrales de la nuestra modernidad no pertenezco a ellos porque no comparto sus fes más recalcitrantes. No creo que el arte y la poesía sean un mundo aparte donde no se aplican las exigencias, las búsquedas, las preguntas y los anhelos del resto de la vida humana. Creo que los entendidos de este siglo y pico han creado un sistema especulativo de segundo nivel, donde las obras de poesía y arte valen no por su contenido, sino por su pertenencia a las estructuras de ese segundo nivel, un sistema de escuelas, de ísmos, de corrientes, de modas, de competencia inventiva, y muy significativamente de galerías de arte, de museos, casas de subasta y listas de precios. Ese sistema, refinadamente constituido y perfectamente anclado en los medios dirigentes, tiene su propia coherencia y sus propias relgas e incluso leyes, y no es que a mí se me escape, lo entiendo perfectamente, incluso la especulación conceptual con que se justifica, pero yo, el MOMA me perdone, sigo buscando un contenido en el arte y la poesía. Me parece que en el arte abstracto, por ejemplo, lo verdaderamente no es el cuadro, es el sistema especulativo sin el cual no se justifica; no es que el arte no se explique, todo lo contrario: es que la respuesta no está en el cuadro, está en la teoría que lo explica, justamente, y sin la cual no sería cuadro.

¿No es de esperarse que alguien que piensa así se sorprenda de que le den premios? Todo parece indicar que he sido reconocido, o más bien que estoy, que siempre he estado reconocido, pero ¿significa eso que es reconocida también mi postura ante mi tiempo y mi medio? ¿Puedo decir que por lo menos algo hay de eso? En alguna época estuve tentado de llamar a mi postura “la otra modernidad”. Pero no es eso. No se trata de pasar de una a otra modernidad como quien pasa del PRI al PAN, de los republicanos a los demócratas, del Pumas al América. Lo mismo puede decirse que hay una sola modernidad o que hay todas las que uno quiera. Pero a una persona que piensa como yo, sin duda hay que ponerla también en contexto. Tendría que ser en el contexto de mi vida donde se expliquen, quiero decir, se entiendan mis maneras de pensar. Desde mi nacimiento yo he estado siempre dentro y fuera de los lugares, de los grupos, de las familias, de las comunidades donde he vivido. La orfandad y el exilio son las manifestaciones más fácilmente reconocibles de esa peculiaridad, pero son sólo dos entre muchos otros ejemplos. Si he vivido tantos desarraigos ¿cómo no sentirme también más o menos desarraigado del suelo del pensamiento compartido en el mundo y la época que me tocó vivir? Hay otras posturas generales de mi tiempo con las que no he podido nunca comulgar: la fe en las raíces, en las nacionalidades, en la identidad, en la bondad sin sombras de las comunidades. Dudo también muchísimo de los efectos benéficos automáticos de la sociedad de mercado, de la ideología darwinista en política, de la necesidad de fundar toda la actividad humana en la competitividad, como la llaman, y de otros aspectos del consenso de nuestras figuras más destacadas, pero sé que estas posturas en particular las comparto con mucha más gente que mis actitudes frente a la modernidad en arte y literatura, o frente a los valores intocables que acabo de mencionar.

Siempre he envidiado la sabiduría de las mujeres, que me parece, si no originada, por los menos históricamente alimentada por siglos de marginalidad y discriminación. La mirada desde las márgenes ve cosas que no son visibles desde el núcleo. Quien se mueve en el centro de su sociedad no puede ver que el rey está desnudo. No me comparo con las mujeres, pero yo también he conocido desde la infancia pequeñas marginalidades y discriminaciones de la sociedad donde me ha tocado vivir. Que en este siglo que empieza los arraigados van a tener que contar muchísimo con los desarraigados es lo que acabamos de comprobar no sin escalofrío en las barriadas de Francia y otros países europeos. Mi caso no es de ésos, desde luego. Lejos de ser apaleado por la gendarmería, yo soy en todo caso un desarraigado premiado. Cierto que tampoco me he entregado a la violencia y el caos, sino que más bien he estado acumulando méritos, o eso dicen los amigos que me visitan ahora. Sería ridículo pensar que conmigo el Premio Juan Rulfo premia todos los desarraigos, incluyendo el de los violentos de los suburbios europeos. Pero si algún desarraigo, por largamente meritorio y reconocido que haya sido, entra conmigo en este lugar central ¿no les parece comprensible que a mi gran gratitud se mezcle alguna sorpresa?

Humanista entre libros

 Humanista entre libros

Vicente Quirarte

 Algunos de mis más distinguidos profesores y compañeros  de generación se reúnen para conversar con el doctor José Moreno de Alba. Con  justicia recibe el nombre de homenaje pero, como me atrevo a pensar que sería su  deseo, es un taller cuyos participantes resaltarán aquello que más le place:  trabajar, meditar y discutir sobre temas a cuya enseñanza e investigación ha  dedicado, profesionalmente, la mayor parte de su vida. Algunos de mis colegas  presentes pueden dar testimonio del sufrimiento que para los aspirantes a  poetas o críticos literarios, que rompen sus lanzas en la Facultad de Filosofía  y Letras, la lingüística y sus afluentes se nos presenta como una orografía  indescifrable. Sin embargo, con el paso del tiempo, varios hemos aprendido a  amar la poesía subyacente debajo de la exactitud, la importancia que para la  mejor respiración de la lengua tiene la evolución de las palabras y el  conocimiento de las estructuras profundas del lenguaje. En segundo lugar, expreso  mi gratitud porque la ocasión me permite expresar públicamente mi  reconocimiento y mi afecto a un universitario que ha dejado huella de  honestidad, rigor y transparencia en todos los escenarios donde sus múltiples  talentos han exigido de su capacidad académica y directiva.

Cuando Pilar Maynez me invitó a este Congreso,  inmediatamente le dije que el título de mi trabajo sería “José Moreno de Alba,  humanista entre libros”. No escapaba a mi atención —ni escapa ahora— la  obviedad humillante de la frase. A combatir ese lugar común trataré de dedicar  los siguientes minutos. Decía José Joaquín Fernández de Lizardi que no todos  los que saben leer saben leer. En principio, parecería obligación ineludible  que el humanista formado en los libros y para los libros debiera serles fiel en  el significante y en el significado, es decir, vivir con ellos y cuidarlos con  la misma pasión e inteligencia con la cual ellos le sirvieron.  Desgraciadamente, lejos estamos de semejante utopía. El imperio bucanero de la  fotocopia y de la red —cuyas bondades no cabe aquí poner en discusión— ha  provocado un paulatino desprecio por esa criatura viva bautizada libro, y que  así será llamada a pesar de los mercadotécnicos que intentan darle el nombre de  soporte papel.

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 En el Telde, Tenerife, 2007 © Cecilia Gutiérrez

José Moreno de Alba, capitán de fragatas y galeones  universitarios que exigieron de él conocimiento de corrientes y huracanes, fue  durante ocho años director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas.  Desde un principio, sin perder la esencia de un Instituto que forma parte del  Subsistema de Humanidades, estableció claramente que, no obstante estar a cargo  de la unam, la Biblioteca Nacional  no era otra biblioteca de nuestra institución —que cuenta en sus diversas  instalaciones con espléndidas colecciones y servicios— sino el repositorio de  la memoria de un país rico en sus logros y contradicciones, en sus ensayos  políticos y sus lentas pero permanentes conquistas. Ingresaba de tal modo al  gremio de los tolerados, de aquellos  que sin ser bibliotecarios de profesión tienen como objetivo llevar a buen  puerto la memoria del país, contenida en los acervos de la Biblioteca y la  Hemeroteca Nacional. Aceptó el desafío y desde un principio comprendió que su  función principal residía en comprender que una biblioteca no es una  acumulación de páginas momificadas, sino una riqueza, como la del lenguaje, en  constante transformación. Para hacerla accesible era necesario utilizar las  armas de la técnica sin perder la raíz humanística. Bajo su administración, dio  comienzo la automatización de la memoria nacional y el catálogo se inscribió en  las bondades electrónicas. Las ahora venerables tarjetas, ya casi marfileñas,  que fueron durante muchos años la guía para navegar por tal océano, fueron  sustituidas por signos que llegaban, con la velocidad evidente de la luz, a los  ojos y el intelecto del usuario. De la misma manera, era indispensable que los  materiales tuvieran la conservación y la accesibilidad necesarias. Para llegar  al momento en que Moreno de Alba se enfrentó a la delicada responsabilidad de  preservar semejante riqueza, es necesario recordar que en 1979, como parte de  los festejos del cincuentenario de la autonomía universitaria, fueron inauguradas  las soberbias instalaciones del Centro Cultural Universitario, que incluían el  edificio conocido como Unidad Bibliográfica, sede de la Biblioteca Nacional,  así como de la planta académica del Instituto de Investigaciones  Bibliográficas. Concluía de tal modo una etapa heroica y fundamental del  venerable ex convento de San Agustín, formador de varias generaciones de  lectores hedonistas y de investigadores profesionales. Con todo, las  publicaciones más antiguas, aquellas que formaban el fondo de origen y lo que  se conocía como fondo reservado, permaneció en el antiguo edificio. El tiempo y  los elementos exigieron instalaciones que garantizaran la preservación y el  acceso de los materiales. De acuerdo con el Diccionario de autoridades, reserva “metafóricamente vale por arte o cautela para no descubrir el interior”. Reservar es también sinónimo de “restringir, limitar, o no comunicar alguna cosa o el  ejercicio de ella”. Sin embargo, en su primera acepción, reserva significa “guarda o custodia que se hace de alguna cosa, o prevención de ella  para que sirva a su tiempo”. Tal es el sentido más noble que desde su  concepción tuvo el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional: encontrar o  construir un sitio adecuado para depositar, conservar y consultar adecuadamente  aquellos materiales que por su antigüedad y rareza, y debido al tiempo que  llevan de vivir en compañía de los hombres, precisan, en varios sentidos, de  mayores cuidados.

Para cumplir cabalmente con tal objetivo, el doctor  Moreno tuvo entrevistas, firmes y convincentes, con autoridades universitarias  y federales. El resultado fue la obtención de recursos para construir un nuevo  edificio —al lado del original— que alojaría al Fondo Reservado. Sin la  publicidad que las administraciones faraónicas necesitan para justificar sus  excesos, el edificio fue inaugurado y puesto en funcionamiento. Actualmente, es  uno de los orgullos de la Universidad, y la prueba fehaciente de que nuestra Casa  tiene los elementos para custodiar y ofrecer de la mejor manera el acervo que  la nación le ha encomendado. El mérito indiscutible del proyecto se halla en  José Moreno de Alba y en el rector José Sarukhán. Ambos comprendieron la  delicada responsabilidad que para nuestra institución significaba conservar en  las mejores condiciones el material que integra nuestra memoria como país. Las  recientes y desafortunadas afirmaciones sobre la creación de una Biblioteca  Nacional, así como la demagogia numérica del discurso oficial han dado la razón  a la clarividencia de Moreno de Alba.

Además de las tareas que cumplió puntualmente como  director del Instituto, el doctor Moreno encabezó varias ediciones que ya  forman parte de la memoria bibliográfica nacional. Bajo su administración  prosperó la Nueva Gaceta Bibliográfica, lazo de unión entre el personal  académico del Instituto. Consciente de que la bibliofilia es un arte mayor de  la memoria, encabezó el proyecto Los  impresos universitarios novohispanos del siglo XVI, en cuya presentación  establece una poética de la imprenta cuando escribe que “la tipografía es en  efecto un lenguaje. Con él puede recrearse la voz del pasado y también dejar en  cada composición, en cada selección de tipos, en la limpieza y en el empleo  meticuloso del espacio de cada hoja, la expresión personal del artista impresor,  su propia arquitectura tipográfica”. Con las técnicas de impresión de los  grandes maestros, Juan Pascoe imprimió la obra en su trapiche michoacano, con  técnicas, tipos y papel lo más próximos a los originales, del mismo modo en que  lo hizo con las fábulas de Esopo, traducidas por Salvador Díaz Cíntora, y que  forman parte del manuscrito conocido Cantares  Mexicanos, uno de los grandes tesoros que custodia la Biblioteca Nacional.  Digna de mención es también la obra Casas-bibliotecas de mexicanos, donde un  grupo de leales amadores de los libros rinden testimonio de su fe en esos  navíos que desafían la ignorancia y la intolerancia.

Imposible negar que he utilizado el tiempo que me  corresponde para hacer una defensa de la Biblioteca Nacional ante los actuales  embates de la peligrosa y frívola ignorancia de quienes detentan —por mandato  presidencial— las riendas de la cultura. Mi justificación es que el doctor José  Moreno de Alba fue, con hechos concretos antes que con declaraciones vacías, un  gran defensor de la Biblioteca, tanto cuando tuvo a su cargo la delicada  responsabilidad de armonizar esfuerzos de sus recursos humanos y materiales,  como cuando sintió el deber moral de continuar esa defensa. A raíz de la  presentación del Plan de Cultura del gobierno federal, se multiplicaron los  argumentos en torno a la creación de la Biblioteca Nacional. En su discurso, el  señor presidente quiso olvidar y hacernos olvidar que la Biblioteca Nacional de  México es una de las más generosas instituciones republicanas, establecida al  día siguiente de la victoria de Benito Juárez sobre la intervención armada de  un país extranjero. Desgraciadamente, fueron varias las voces que se levantaron  para señalar, de manera superficial y sin conocimiento de causa, la  inconveniencia de que el fondo nacional permaneciera bajo la custodia de la  Universidad. Por fortuna, hubo voces, menos numerosas pero más lúcidas, como la  de José Moreno de Alba. En una carta a Enrique Krauze, publicada en el  periódico Reforma del 30 de agosto de  2002, Moreno señalaba: “…no debe olvidarse que la unam no sólo ha custodiado y facilitado la consulta de  fondos primitivos con que contaba la Biblioteca Nacional cuando le fue  entregada, sino que la mayor parte de su acervo actual ha sido incorporado a la  Biblioteca Nacional precisamente a partir de la administración universitaria.  Estrictamente hablando, ha sido la Universidad la que ha venido formando la  Biblioteca Nacional (en sus acervos, en sus inmuebles, en su  automatización…). Sin duda, puede y debe mejorar todavía mucho. Para ello es  necesario, entre otras cosas, que el Gobierno le proporcione un presupuesto  adecuado y que éste, de alguna manera, se discrimine del que entrega a la UNAM para los servicios de educación  superior, de investigación y de difusión cultural”.

Como sus amigos y colegas saben, el doctor Moreno es  un fino y selecto contador de historias. Una de las que mejor recuerdo es aquélla  del hombre que llega a los cien años de edad. Alguien le pregunta: “¿Y cómo le  ha hecho?”. El interpelado responde: “El secreto está en no contradecir a  nadie”. “Pero es que eso no es posible”, dice el otro. “Pues entonces no”,  concluye el centenario. José Moreno de Alba es y no es como el personaje del  cuento. Lo es porque domina el difícil arte del escucha, en un mundo  contaminado que quiere exclusivamente hacerse oír. Lo es porque en todo momento  ha manifestado firmeza y fidelidad a sus convicciones más profundas. Un repaso  de su hoja de vida —como se llama en español colombiano al curriculum vitae— lo muestra, desde muy joven, frente a  responsabilidades académicas que le exigían cada vez mayor rendimiento  intelectual, pero también ante responsabilidades administrativas que reconocían  la rectitud de su juicio, su integridad y su firmeza. En la plenitud de su capacidad  intelectual, el doctor José Moreno de Alba disfruta en este momento de las  recompensas de su carácter que es destino. Agradezcamos su defensa del libro y  del lenguaje, “ese océano sin fin totalmente creado por el hombre” y que en él  tiene a uno de sus más leales custodios.

_  El primero de octubre de 2002  tuvo lugar un Encuentro de Lingüística en la ENEP Acatlán, cuyo resultado fue  el libro Estudios de lingüística y  filología hispánicas en honor de José G. Moreno de Alba, publicado por  nuestra Universidad. En esta ocasión, Vicente Quirarte escribió esta semblanza,  centrada en el papel del distinguido Emérito como director de la Biblioteca  Nacional. De ahí el tiempo presente de su escritura.

Revista de la Universidad de México

N° 115 Spetiembre 2013