Fernando Rodríguez Miaja. In memoriam

Por: Alfonso J. Vázquez Vaamonde
Secretario primero del Ateneo de Madrid

Recibo del Ateneo de México la triste noticia del fallecimiento, a los 102 años de edad, de Fernando Rodríguez Miaja, aquel joven de 22 años que en 1939 llegara con su tío el General Miaja a México, que fue esa tierra de promisión para tantos demócratas españoles que huían de la barbarie del fascismo triunfante en España. Fue Decano del Exilio Republicano Español en México, integrante del Patronato del Ateneo Español de México, A.C. y miembro de la Asociación Civil desde 1953.

Fue aquella una guerra perdida gracias a la activa colaboración pasiva de Francia y el Reino Unido en beneficio de la Alemania nazi. Su inacción durante esos tres años fue una verdadera política de hostigamiento pasivamente activo contra la República española. Hicieron de ella el cabrito inmolado por Abraham para calmar las ansias homicidas de aquel insaciable y genocida dios nazi que era Hitler.

No regresaría a España hasta después de la muerte del dictador. Entonces ya le había sucedido su heredero, Juan Carlos I, ese rey inventado para un reino que el dictador se sacara de la manga. Con gusto, “ante Dios y sobre estos Santos evangelios”, juró que estaba dispuesto a seguir atropellando nuestro derecho a la libertad aplicando las mismas leyes del Movimiento Nacional si le entregaba la finca con todos los españoles para que se la trabajaran como animales de labor. Y eso hizo.

En alguna entrevista publicada en la prensa leí la ingenua anécdota de que cuando se produjo el inicio del golpe de Estado en África se aprovisionó de tabaco para una semana. Terrible error de cálculo en su juvenil previsión. Ya entonces Franco lo tenía todo “atado y buen atado”.

Joven oficial, teniente de Ingenieros, Rodríguez Miaja colaboró desde el primer momento como secretario de su tío, el General Miaja en la defensa de Madrid. Un Madrid donde, como en casi todas las ciudades víctimas de una guerra, se mantuvo viva la esperanza pese a los bombardeos que sufría la capital, que se consideran un simple inconveniente en una vida que, objetivamente hablando, era terrible pero donde la alegría de seguir vivo era poderosa.

Vivió la guerra en un puesto singularmente privilegiado, pues fue secretario del General Miaja durante tres años de lo cual ha dejado testimonio en varios libros de obligada lectura. Abandonaron ambos la capital pocas horas antes de que hicieran su entrada las tropas fascistas un 26.03.1939 camino de Alicante desde donde, con un mera brújula, volaron en avión hasta Orán como primera etapa de un viaje que habría de terminar en México. Allí, en Orán, leyeron aquel parte de guerra de Franco que terminaba con aquella frase: la guerra ha terminado. Lo que no advertía era que aquél mismo día empezaría el genocidio de la represión que le acompañaría hasta pocos días antes de su muerte.

En dos de sus libros, “Testimonios y Remembranzas” (México, 1997) y “El final de la Guerra Civil al lado del general Miaja” (Marcial Pons, 2015) contradice con sus propios recuerdos y documentalmente, pues conservaba los teletipos de aquellos últimos momentos, algunas afirmaciones de historiadores, Preston, Viñas, Thomas y de la Cierva, y las del golpista coronel Casado en su libro “Así cayó Madrid”.

Sólo él y su tío, el General Miaja, fueron autorizados a reunirse de Benedetti de Benedetti Tras él queda una vida dura, la de los tres años de la guerra y el dolor inmortal de un exilio del que decía Benedetti “cuando uno emprende un exilio nunca deja de ser un exiliado” y una fecunda y feliz existencia. Se casó con su prima, la hija del General Miaja, con la que tuvo dos hijos y cuatro nietos y en sus últimos años disfrutó de la alegría que proporcionan seis biznietos.

de Benedetti con el resto de la familia que estaba en Marsella camino de París. Allí tuvo un cordial encuentro con Negrín, que le ayudo a exiliarse en México y que escribió una carta que le exculpaba de toda participación en el inútil golpe del 05.03.21935 del coronel Casado, Besteiro y Mera con el vano intento de calmar las ansias genocidas de los sublevados, dado cuando no estaba en Madrid.

En aquel marzo de 1939 se vivieron momentos críticos en los que Negrín, al ser desobedecido por el coronel Casado, decidió irse con el gobierno a Francia, lo que provocó que su tío que era la máxima autoridad militar aceptara la presidencia del Consejo Nacional de Defensa porque se había producido un vacío de poder político.

Tras un breve paso por Cuba llegó a México vía Veracruz. La cordial acogida profesional que tuvo, como todos los españoles exiliados a México, le permitió trabajar como ingeniero en una empresa de arquitectura de la que acabaría siendo gerente. Su ida en México sería profundamente creativa.

Con su fallecimiento se ha extinguido una vida dura, la de los tres años de la guerra acompañada del dolor inmortal de un exilio del que decía Benedetti “cuando uno emprende un exilio nunca deja de ser un exiliado”, aliviada con una fecunda y feliz existencia. Se casó con su prima, la hija del General Miaja, con la que tuvo dos hijos y cuatro nietos; en sus últimos años disfrutó de la no frecuente alegría que le proporcionaron sus seis biznietos.

Esa simple frase de Benedetti, desbordante de amargura, debería hacernos reflexionar sobre el mal trato que estamos dando dentro de nuestra discreta opulencia, todo depende de con quién nos comparemos, a todos los inmigrantes, unos exiliados por razones de guerra y otros no.

La simple ansia de querer vivir con la dignidad a la que tiene derecho cualquier ser humano legitima también el exilio por motivos económicos; el que se rechaza en nombre de una viciosa insolidaridad. El pecado original nunca cometido de haber sido dado a luz en el país equivocado no tiene por qué pagarlo la víctima. Una víctima arrojada y generosa dispuesta a crear cuanta riqueza pueda en agradecido beneficio a quienes te han acogido fraternalmente, como paso con México. Además de una actitud insolidaria, es una torpeza económica.

En una de sus rimas se lamenta Bécquer, un viejo ateneísta, desde su título: ¡Qué solos se quedan los muertos! No es cierto. Rodríguez Miaja, como los pocos exiliados que aun queden vivos, como todos los exiliados que ya han fallecido, seguirán eternamente acompañados del recuerdo de los que supimos de su exilio y les entregamos un aprecio que, no de haber estado separados 4.000 km, hubiera podido ser más estrecho.

 

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